Hay una escena que se repite en cualquier oficina: alguien entra a una reunión, pierde el hilo de lo que iba a decir y lo disimula como puede. Otro relee el mismo mail tres veces porque no logra concentrarse. Un tercero llega puntual pero agotado, como si ya hubiera trabajado un día entero antes de empezar. Solemos explicarlo con el cansancio o "tener la cabeza en otro lado". Pocas veces lo pensamos como lo que realmente es: un cerebro que está funcionando bajo una carga sostenida, sin el mantenimiento que necesita.

































