¿Cómo alojan las ciudades el hecho inevitable de la muerte? La muerte no es una anomalía del sistema urbano; es su límite ontológico. Si entendemos la ciudad como un organismo vivo, la muerte no es su enemiga sino su recordatorio esencial: lo que marca sus bordes, lo que define su tiempo, lo que funda su historia. Toda ciudad lleva inscrito un relato de muertes. Desde las antiguas necrópolis extramuros hasta los modernos cementerios parques integrados al trazado urbano, el modo en que una sociedad organiza el descanso eterno de sus muertos dice más de su estructura cultural que cualquier código edilicio.



































