Una tarde, mientras regresaba caminando a casa, me encontré con una interrupción inesperada en el trayecto habitual: el cruce de bulevar Gálvez entre Sarmiento y Alberdi estaba cortado. No era una escena extraordinaria, pero algo en ella me detuvo. Varios obreros, vestidos con mamelucos marrones y cascos amarillos, trabajaban con una precisión casi coreográfica entre montículos de tierra removida y herramientas metálicas que brillaban bajo la luz del sol en descenso. No había señales claras que indicaran qué se estaba haciendo allí, sólo máquinas excavando y personas entrando y saliendo por bocas abiertas en el pavimento.


































