La otra figura a la que me quiero referir, es una Magdalena penitente nacida de la gubia de un imaginero fuera de lo común, el andaluz Pedro de Mena, quien la esculpió durante su etapa malagueña para la casa profesa de los jesuitas de Madrid. Hoy pertenece al Museo del Prado, pero se exhibe a préstamo en el Museo Nacional de la Escultura, con sede en la ciudad de Valladolid. Como ocurre con la anterior, también pertenece al ciclo del barroco, pero a diferencia de la exuberante escultura de Bernini, ésta es muy austera, ascética, tanto como el vestido de palma (para cierta mortificación de la carne) que lleva puesto la amiga de Cristo. En este maravilloso trabajo de Mena, todo el énfasis se centra en el estremecedor vínculo visual y afectivo, no desprovisto de sensualidad, entre María Magdalena y el humilde crucifijo que lleva en su mano izquierda mientras la derecha se apoya sobre el corazón de los sentimientos. Es muy difícil plasmar una carga emotiva tan genuina, tan despojada de adjetivaciones gestuales, con la sola acentuación de una mirada amorosa, infinitamente triste y dolida, sin palabras, en un silencio profundo y esencial que se irradia al contorno.