Dicen que no era muy bella, pero quienes conocieron a Manuelita y escribieron sobre su persona coinciden en que era encantadora, brillaba con luz propia y poseía un carácter bondadoso que resaltaba su innata distinción. Comenzó a destacarse progresivamente luego de la muerte de su madre, Encarnación Ezcurra, gran señora de severos perfiles que apuntaló con energía el ascenso político de su esposo.





































