Hacia la Navidad de 1836, a los 50 años de edad, Estanislao López era un hombre enfermo. Su campaña contra los indios del año anterior había apresurado el quebranto de su salud. Confesaba en carta a Juan Manuel de Rosas que su nueva designación como gobernador, por otro período de cuatro años, ponía en peligro su vida. No creía tener fuerzas para terminar el mandato. De Buenos Aires debía traer el mensajero las medicinas necesarias para contrarrestar el "terrible ataque" que había interrumpido "una mejora muy notable".

































