Hay días en que la ciudad parece repetir sus rutinas con una monotonía irrefutable, como si todo, desde el rugido de los motores hasta el parpadeo de los semáforos, obedeciera a una coreografía cansada que nadie se atreve ya a cuestionar. Y sin embargo, de vez en cuando, casi de manera clandestina, algo rompe esa inercia. Algo pequeño, casi invisible para el ojo distraído, pero capaz de transformar por completo el paisaje interno de quien se detiene a mirar.

































