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Crónicas santafesinas

Don Manuel Ordóñez y las hermanas gemelas


Jueves 3.6.2021
 19:03
Rogelio Alaniz
Rogelio Alaniz

I

Después de que entré a trabajar en el diario, con don Manuel nos encontrábamos en un bar que estaba a la vuelta del diario. A veces a media mañana, a veces a la caída de la tarde. Compartíamos un café, una ginebra y conversábamos. Yo hablaba más que él, pero con toda modestia me animo a decir que las cosas más importantes las decía él. Llegaba al bar siempre de traje y corbata. Con la chalina, en invierno y con un saco más liviano en verano. A don Manuel no recuerdo haberlo visto alguna vez en mangas de camisa. Sospecho que le gustaba conversar conmigo, detalle que me agradaba por partida doble, porque don Manuel no le daba alpiste a cualquiera pero, como muy bien me dijera una vez, con esa leve ironía que para registrarla había que conocerlo muy bien: "No tengo nada contra los periodistas, pero siguiendo los consejos de un paisano que ya no está, limito mi relación con ellos a uno solo, con mucho cuidado a dos".

II

En los tiempos en que el cargo de comisario era político, es decir, cuando se trataba de un civil designado por el gobernador de turno, don Manuel fue comisario durante unos años, nunca fue muy preciso al respecto. Tampoco me explicó muy bien los motivos de su renuncia, aunque infiero que lo hizo porque sus ideas de justicia no coincidían con la que se pregonaba oficialmente o porque la justicia que él suponía que se debía practicar estaba lejos de los despachos policiales. Alguna vez, un señor mayor que solía ir de vez en cuando al club se refirió a este paso de don Manuel por la policía y ponderó algunas de sus intervenciones, en particular ese talento para encontrar lo más parecido a la verdad al primer golpe de vista. Como todo policía que supo honrar su cargo, don Manuel, además de honesto, era desconfiado y su intuición se parecía más a un acto racional que a una adivinanza. Conversando conmigo, a veces recordaba algunas historias que lo contaron como protagonista o como testigo. Sus consideraciones eran algo escépticas, pero certeras y nunca cínicas.

III

No recuerdo bien por qué aquella tarde fría y húmeda de junio o julio de fines de los sesenta, don Manuel me habló de la muerte de un señor que respondía al nombre de Tomás Albornoz, un hombre guapo de alrededor de cuarenta años, un hombre de la noche, un hombre que transitaba en las orillas de la ley, pero muy respetado en su ambiente. "Tomas , siempre fue un hombre precavido –me dijo don Manuel- pero está visto que además de las precauciones en esta vida existe lo que algunos llaman el destino. No me voy a enredar en esas disquisiciones acerca si al destino lo fija Dios o el Diablo, lo que sí sé es que a todos nos espera una hora y a esa hora no la establecemos nosotros . A Tomás esa hora le llegó cuando todavía era un mozo guapo y suponía que nadie en esta ciudad podía mojarle la oreja. Yo lo conocía de mentas y alguna vez intercambiamos algunas palabras y algunas atenciones por un asunto en la que parecía estar muy embarullado. Yo entonces era comisario y recuerdo que alguna vez le advertí que nunca en esta vida es aconsejable creer que se tiene la vaca atada, y que siempre conviene agarrarse fuerte del pincel porque cuando uno menos lo espera le sacan la escalera y entonces hay que saber caminar en el aire. No sé si me escuchó o si me hizo caso. A juzgar por los resultados creo que no. El hombre se tenía demasiada confianza y nunca creyó que hasta el pelo más delgado hace su sombra en el suelo".

IV

Don Manuel tenía un estilo propio para contar historias. Yo diría que no respetaba el orden cronológico, pero en su relato siempre había un orden. A veces parecía que se iba del tema, pero de pronto uno descubría que en esas fugas estaba la clave de la historia. No puedo evocar los relatos de don Manuel sin tener presente su voz; una voz algo ronca, algo sentenciosa, algo severa, una voz que se imponía sin necesidad de elevar el tono, una voz cuyo eco aún tengo presente. Esa tarde fría de invierno en un bar en la que había solo dos o tres mesas ocupadas, don Manuel armó su cigarrillo y empezó a hablar de Tomás Albornoz, pero enseguida se detuvo en dos mujeres, en Carina y Mabel, dos mujeres que no eran de Santa Fe, que ejercían el oficio más antiguo de la humanidad, dos mujeres que no solo eran "muy buenas mozas", sino que además eran gemelas. "Como dos gotas de agua", aclaró. "Si la memoria no me falla, se alojaban en un hotel a media cuadra de Plaza España, por lo menos allí vivieron hasta que pasó lo que pasó. Yo las conocí después que pasaron las cosas. Las conocí, y hablo en plural, porque eran tan parecidas que nunca supe muy bien quien era una y quien era la otra. Esa confusión que en mi caso no provocó ninguna consecuencia, en otro caso fue trágica".

V

"Carina y Mabel eran dos profesionales en lo suyo. Para la época que le cuento deben de haber andado más cerca de los cuarenta que de los treinta años. Muy bien llevados, eso si. Después que pasó lo que pasó, supe que el contrato con don Esteban, el dueño del cabaret ubicado cerca de la vieja terminal, era de seis meses. Así eran los arreglos. Luego otra ciudad, otro cabaret y otros clientes. Usted ya sabe cómo es este oficio. Pero lo que importa es que en algún momento Carina conoció a Albornoz o, al revés, para el caso da lo mismo. Y parece que los dos andaban con ganas de quererse. Cuando pasó lo que pasó y tuve que intervenir, recuerdo que me dijo: "Soy una profesional y no me enamoro del primer tipo que me trata bien o tiene la cara linda, pero a veces, muy de vez en cuando, aparece un hombre que me gusta…Tomás era ese hombre". Y esta claro que para Tomás Albornoz, Carina era esa mujer".

VI

"Después está claro que el Diablo metió la cola. Todo ocurrió muy rápido. Demasiado rápido. Esa noche Carina se demoró no sé bien por qué motivos y Mabel llegó al cabaret sola. Linda y pizpireta, al rato estaba en uno de los apartados del local compartiendo copas con un galancete bajito que, como después me dijera don Esteban, a primer golpe de vista no valía nada, motivo por el cual me acuerdo que le dije: " Usted debería saber don Esteban que porque un hombre vaya vestido de lana no quiere decir que sea oveja". Albornoz llegó un rato después. Venía con una copas de más, pero a él unas copas de más no le hacían perder la línea. Mozo precavido, había aprendido a manejar su alcohol, aunque como se pudo apreciar luego, a ese aprendizaje le faltaban algunos zurcidos. Parece que desde la barra vio, o creyó ver, a Carina muy entretenida. Yo no sé que le pasó, si lo traicionaron las copas, los celos o la confianza que se tenía. Vaya uno saberlo. Lo seguro es que se dirigió hacia donde estaba Carina, o hacia donde él creía que estaba Carina y encaró al picaflor. Este parece que quiso ponerse de pie, pero Albornoz lo bajó de un sopapo. Eso fue todo. O casi todo. Porque después intervino el personal del local. A Albornoz lo llevaron hasta la barra y el galancete, bajito, esmirriado, insignificante, se retiró de escena".

VII

"Lo demás ocurrió en menos de diez minutos, quince cuanto mucho. Todo parecía haberse normalizado. Había un cantor de tangos que se le había animado a "Mano a mano", las mujeres paseaban por el salón, los hombres compartían copas y se daban algunos otros gustos, Albornoz parecía haberse serenado, cuando de pronto, Omar Piccirilli se llamaba el galancete, entró al cabaret, calladito la boca se acercó a Albornoz que a esta altura ni se debe de haber acordado de su cara y, sin decir agua va, le metió dos balazos". Don Manuel toma un trago de ginebra, hace una de sus habituales pausas y comenta: "Lo que son las casualidades; cuando el tal Piccirilli salía del local se cruzó con Carina que recién llegaba absolutamente ajena a todo. Albornoz no murió en el acto, pero me malicio que las últimas imágenes que alcanzó a distinguir, antes de marcharse al silencio, fueron los rostros de Carina y Mabel. Es probable que en la agonía haya advertido su error, o es probable que haya creído que estaba envuelto en una pesadilla. Lo seguro es que cuando llegó la ambulancia, Tomás Albornoz estaba muerto. A Piccirilli lo detuvieron esa misma noche. Dos o tres días después Mabel y Carina, se fueron de la ciudad. Nunca más volví a verlas".

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