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"Ninguna escena, ningún daño"

 "Ninguna escena, ningún daño" "Ninguna escena, ningún daño"

Miércoles 29.1.2025
 21:18
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Se conocieron en la facultad a mediados de los años sesenta, años propicios para encuentros cuando el amor y la épica marchaban del brazo. Eran de izquierda, por supuesto, pertenecían a una de esas agrupaciones de una nueva izquierda que se proponía juntar a Carlos Marx con Arthur Rimbaud y de vez en cuando con Sigmund Freud y Los Beatles. Eran divertidos, alegres; imposible imaginarlos enojados o en algunas de esas riñas escabrosas de parejas. Yo los veía en las asambleas, en el bar de la facultad, en las manifestaciones contra la dictadura de turno. Los dos juntos, con vaqueros, mocasines y camisas de colores vivos. Deben de haber tenido 22 o 23 años, no mucho más. Admito que la imagen que transmitían era más un producto de mi fantasía, de mi soledad de entonces, pero conversando unos años después con otros amigos, ellos pensaban más o menos lo mismo. "Eran tan hermosos y tan felices, y tan inteligentes, que parecía que habían hecho un pacto con Dios y con el Diablo". Y la que lo decía, sabía de lo que estaba hablando, alguna vez había sido novia de él, cosas que ocurrían con frecuencia en aquellos años donde la crítica a la propiedad privada incluía también la propiedad de novia o novio.

II

Después no sé bien qué pasó. Seguramente ocurrió lo mismo que le ocurre a tantas parejas, pero la diferencia en este caso es que esa generalización de amores perdidos a ellos no parecía incluirlos. Sin embargo se separaron. Fue poco tiempo antes de recibirse, como si esa felicidad que los iluminaba se hubiera agotado cuando se fueron de la universidad, como si ese tipo de amor, ese tipo de felicidad, con ese desenfado, con esa alegría que solo podía vivirse en la universidad y en aquellos irrepetibles años sesenta, por una generación, la última según mis mediciones, que le otorgó a la juventud, para bien o para mal, un valor exclusivo; el tiempo en que ser joven era mucho más que un dato cronológico. Me acostumbré a verlos separados. Era raro. Él compartiendo mesas de café con amigos o con alguna compañera de estudio; ella por su lado haciendo lo suyo. Pero era difícil, incómodo no verlos juntos. Cada uno por su lado era como contemplar algo que se había roto, algo diferente a la ruptura de cualquier otra relación de pareja. Eso era, por lo menos, lo que me parecía a mí que los miraba con cinco o seis años menos, una diferencia de edad que en aquellos tiempos era importante.

III

Después los perdí de vista. Por amigos comunes supe que ella se fue a vivir a Mar del Plata y él a Buenos Aires. A él, lo reencontré unos años después en algunas de esas reuniones sociales organizadas para una exposición de pintura o un concierto. Era el de siempre, pero con unos cuantos años más y, ya se sabe, que en esta vida, o en nuestra generación, esos años más realizan su faena. Él seguía siendo un buen mozo maduro. El oráculo izquierdista de la juventud, la fogosidad oral, había devenido en ese tono escéptico que muchas veces se confunde con el cinismo. Hablamos, compartimos algún café, una vez me invitó a su casa y me presentó su mujer de entonces, una psicoanalista con la que se separó, según me dijo, poco tiempo después. Por ese departamento de la Recoleta pasaron muchos amigos y amigas. Ese dormitorio fue muy frecuentado, demasiado, diría una prima. El muchacho que en su juventud pretendió ser un líder estudiantil ahora se resignaba a ser un ganador. Buenas pilchas, buenas relaciones, compromisos sociales en barrio norte. El lector que dedicó horas a Marx y a Louis Althusser, ahora las dedicaba para asesorar a empresarios y no faltar nunca al gimnasio. Por lo demás seguía siendo un buen tipo. O por lo menos nadie podía acusarlo de haber hecho algo malo. De todos modos, el tipo que se jactaba, sin alardes exagerados, de meter mujeres en su dormitorio como quien colecciona revistas o películas viejas, confesaba al tercer whisky que le tenía un poquito de miedo a la vejez y a la soledad de la vejez.

IV

Ella organizó su vida en Mar del Plata. El título de universitaria quedó colgado en algún desván y se dedicó al mundo de la publicidad y la moda. Hizo mucha plata, según me dijeron. Y además, parecía que los años ni siquiera la rozaban. Llegó a ser una mujer con poder. De su visto bueno dependía el trabajo o las posibilidades artísticas de mucha gente. Alguna vez estuvo casada, pero tampoco duró mucho. Siempre decía que le gustaban mucho los hombres, pero lejos de su dormitorio, porque para los menesteres que le resultaban útiles alcanzaba y sobraba a los hoteles, los hoteles caros por supuesto. A diferencia de él, nunca renegó de su condición de izquierdista. Por lo menos de la boca para afuera nunca lo hizo. En sus reuniones sociales le gustaba de vez en cuando dejar caer alguna cita oportuna de Georg Lukács, Theodor Adorno o, su preferido, Bertold Brecht. Su izquierdismo, claro está, era social, un toque de distinción en salones donde a ciertos burgueses les encantan estas osadías culturales. Alguna vez vino a Santa Fe para arreglar la sucesión de una tía. Yo la encontré de casualidad en la peatonal. Claro que no era la muchachita de 20 años, pero seguía siendo en su estilo una mujer hermosa. Tal vez alguna arruga en el borde de los labios o al costado de los ojos, tal vez algunos retoques en el pelo. No entiendo mucho de estética, pero era evidente que a sus condiciones naturales estaban reforzadas por un trabajo exigente de expertos en el arte de detener el paso del tiempo. Juraría, de todos modos, que ese resplandor de sus ojos, esa manera de insinuar con la mirada o de burlarse con un delicado toque de ironía, le pertenecía a ella.

V

Hace un par de años estuve con él en un bar de calle Corrientes. Conversamos más o menos de lo mismo, porque las largas amistades sostenidas a la distancia no suelen aportar novedades importantes. No sé en qué momento me dijo que por primera vez en casi treinta años había estado con ella. Se encontraron de casualidad en la presentación del libro de un amigo común. Se saludaron como se saluda gente educada, pero él me confesó que el encuentro le produjo una pequeña conmoción. "La quise mucho a esa mujer", me dijo. Hablaron de temas banales, porque en esas circunstancias resulta muy difícil y hasta incómodo pretender ser "profundo". Él propuso almorzar al otro día. Ella aceptó. Quedaron en reunirse en un restaurante de Palermo que para él reunía las condiciones necesarias de intimidad. En principio todo funcionó bien. Ella llegó un ratito después que él. Pidieron la carta y él se permitió elegir el vino. Comenzaron hablando banalidades y continuaron hablando banalidades. Él se preguntaba qué estaba saliendo mal; seguramente ella se hacía la misma pregunta. No eran dos extraños almorzando, pero ni siquiera alcanzaba para ser dos amigos ocasionales. El tiempo empezó a transcurrir con una lentitud exasperante. Los silencios eran cada vez más incómodos. Personas educadas, disimularon el desencuentro de la mejor manera. A las frases con pretensiones ingeniosas empezaron a sucederse los monosílabos, los lugares comunes acerca del calor, del costo de la vida, del destino de algunos amigos comunes. También se separaron como dos personas educadas, una separación que incluyó la promesa de alguna próxima reunión que los dos sabían que nunca se realizaría. Ella pidió un taxi con su celular y él la acompañó hasta la vereda. "Un adiós inteligente de los dos", dije. No sé si inteligente, agregó él, pero sí definitivo y algo penoso. Llegué al hotel en el que me alojo en Buenos Aires. Y no sé por qué recordé un poema breve de Cristina Peri Rossi que se me ocurrió que los alcanzaba a los dos. Lo cito de memoria, pero creo que están todas las palabras: "Líbranos Señor de encontrarnos años después con nuestros grandes amores".

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