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Reflexiones desde una perspectiva filosófica

El puente entre dos mundos: Kant y su "Crítica del juicio"

La obra del pensador prusiano revela un intento de reconciliar la ciencia con la moral a través del juicio estético, ofreciendo una visión unificadora de la filosofía moderna.

El puente entre dos mundos: Kant y su "Crítica del juicio" El puente entre dos mundos: Kant y su "Crítica del juicio"

Martes 28.7.2026
 10:49hs
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Lisandro Prieto Femenía
Por: 
Lisandro Prieto Femenía

"El gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o insatisfacción desinteresada. El objeto de una satisfacción tal se llama bello"

Immanuel Kant (Crítica del juicio)

***

Si la "Crítica de la razón pura" (1781) estableció la necesidad y los límites del conocimiento científico y la "Crítica de la razón práctica" (1788) fundamentó la moralidad en la autonomía de la voluntad, ambas obras dejaron una profunda fractura en la filosofía de Kant. Por un lado, el mundo de la naturaleza se presenta como un reino de necesidad mecánica, regido por leyes causales inalterables.

Por otro lado, el mundo de la moralidad es un reino de libertad, donde la voluntad actúa de forma autónoma. La pregunta crucial que surge es: ¿cómo se relacionan estos dos mundos? Pues bien, la "Crítica del juicio" (1790) es la respuesta de Kant a esta dicotomía.

Allí, Kant no busca establecer nuevas leyes de conocimiento o moralidad, sino encontrar un principio mediador que salve el abismo entre la naturaleza y la libertad. Es en el juicio, y más concretamente en el juicio estético y teleológico, donde encuentra el puente para unir el universo de "lo que es" con el universo de "lo que debe ser".

En la filosofía de Kant, el término "juicio" no se refiere simplemente a una opinión o a la capacidad de tomar una decisión moral, como lo usamos en el lenguaje cotidiano. Para él, es una facultad mental crucial, una mediadora entre el entendimiento y la razón. El entendimiento se encarga de aplicar las reglas o conceptos universales (las categorías) a los objetos particulares que percibimos.

Por ejemplo, el juicio "el calor dilata el metal" es un acto del entendimiento que aplica la categoría de causalidad a un fenómeno. La razón, por otro lado, busca principios aún más elevados y universales, como los ideales de la moralidad y la libertad. El juicio, sin embargo, ocupa un lugar intermedio, porque su función es la de subsumir lo particular bajo lo universal.

Es, en definitiva, la capacidad de determinar si un caso particular se ajusta a una regla general. En la "Crítica del juicio", Kant se enfoca en un tipo especial de juicio: el "juicio reflexionante". A diferencia del "juicio determinante", que ya tiene una regla y solo necesita aplicarla, el juicio reflexionante no tiene una regla preexistente y debe buscarla.

Es la facultad de encontrar un principio universal para lo particular que se nos presenta. Es precisamente esta capacidad de la mente para encontrar coherencia y sentido en la diversidad de la experiencia lo que nos permite experimentar la belleza y percibir la finalidad en la naturaleza.

El juicio, por lo tanto, es la bisagra que conecta el mundo de la necesidad, ordenado por las reglas del entendimiento, con el mundo de la libertad, guiado por los ideales de la razón. La obra se centra en el concepto de la "finalidad sin fin", una idea que permite a la razón encontrar un principio organizador en la naturaleza sin tener que recurrir a la metafísica o a la divinidad.

Este concepto es la clave de la bóveda del sistema kantiano, un principio que permite que la razón actúe como unificadora de las dos legislaciones previas: la naturaleza y la libertad. El papel de Kant en la estética es fundamental, ya que la elevó a una disciplina filosófica independiente y la dotó de un rigor conceptual sin precedentes.

Su análisis del "juicio estético" se adentra en el misterioso terreno de la belleza y es considerado el punto de partida de la filosofía moderna del arte. Kant pregunta: ¿por qué decimos que algo es bello?

La respuesta no reside en el objeto, sino en una facultad de nuestro espíritu que es capaz de juzgar sin la mediación de un concepto. Un juicio de gusto, a diferencia de uno cognitivo o moral, no busca decir qué es el objeto, sino expresar una "satisfacción desinteresada".

Entre lo bello y lo sublime

El placer que sentimos al contemplar una flor no se debe a que queramos poseerla o a que nos sea útil, sino que proviene de la pura contemplación de su forma. Esta falta de interés es lo que dota al juicio estético de su peculiar universalidad: al no estar atado a un deseo personal, sentimos que cualquier otro ser racional debería compartir nuestra misma apreciación.

Es una universalidad sin concepto, una pretensión de validez que no puede ser demostrada lógicamente, pero que se siente como necesaria. La belleza, en este sentido, nos produce la sensación de una "finalidad sin fin", de que el objeto fue creado con un propósito, de que sus partes encajan de forma armoniosa y perfecta, pero no podemos atribuirle un fin real o empírico.

Es la razón la que encuentra en la naturaleza una armonía que, aunque no podamos probarlo, nos hace percibir una profunda concordancia entre el mundo y nuestra facultad de juzgar. Junto a la belleza, Kant explora la experiencia de lo "sublime". Lo sublime no nos produce un placer sereno y confortable, sino una mezcla de placer y dolor, de admiración y terror.

A diferencia de lo bello, que se encuentra en la forma finita, lo sublime se manifiesta en la inmensidad y el poder de la naturaleza, como una tormenta en el mar o una montaña imponente. El juicio sobre lo sublime no está en el objeto mismo, sino en el observador.

La imaginación, al enfrentarse a la inconmensurable magnitud de la naturaleza, se siente abrumada y desbordada. Sin embargo, en este mismo fracaso, nuestra razón emerge victoriosa, recordándonos nuestra superioridad como seres morales y racionales, que pueden pensar más allá de la fuerza bruta de la naturaleza.

Lo sublime, por lo tanto, es aquello que conecta el mundo natural con el mundo moral, recordándonos nuestra dignidad como seres racionales capaces de postular la libertad. También, Kant introduce aquí el concepto de "genio" para explicar la creación de la belleza artística.

El genio no es un artesano que sigue ciertas reglas, sino que es la facultad innata de crear aquello para lo que no puede haber una regla fija. Es el talento de producir lo que, sin ser imitado, sirve de modelo para los demás. El genio nos ofrece un "ejemplo" que otros pueden seguir, no mediante la imitación de su técnica, sino de su espíritu.

Escultura dedicada a Immanuel Kant en la actual ciudad rusa de Kaliningrado, antes Königsberg (Prusia). Fue un pensador de notable influencia atemporal y una ascendencia claramente universalista, que va más alla de lo académico y del ámbito filosófico.

Por otro lado, el buen gusto es la facultad para juzgar la obra de arte, una cualidad que no crea, sino que evalúa. Sin el buen gusto, el genio sería una fuerza caótica, porque es el principio que permite que la obra sea universalmente apreciada, una cualidad que Kant consideraba esencial para la cultura.

En este contexto, la lectura profunda de la "Crítica del juicio" puede representar una crítica certera a la estética decadente de la posmodernidad. En una época donde el arte se reduce a la provocación caprichosa, la autorreferencialidad o el kitsch, la noción kantiana de una belleza que exige universalidad y que se fundamenta en un juicio desinteresado parece un faro en la oscuridad.

El arte posmo-progre, como hemos dicho en reiteradas oportunidades, cae en la trampa de la pura particularidad, apelando a los intereses egoístas o a sentimientos meramente subjetivos, en lugar de intentar trascenderlos. Al desdibujar la línea entre el buen gusto y la mera opinión, la estética contemporánea ha perdido la capacidad de juicio y con ella, la posibilidad de un debate serio sobre lo bello.

La pieza que unifica

El retorno a la reflexión kantiana también nos invita a restaurar el valor de la belleza como un universal que, sin ser un concepto, nos permite comunicarnos y reconocer nuestra humanidad compartida.

Profundizando aún más en la obra, podemos notar que en la segunda parte de la "Crítica del juicio", Kant se adentra en el "juicio teleológico", abordando la pregunta de si podemos ver en la naturaleza una finalidad o un propósito.

Al observar un organismo vivo, como un árbol, vemos que sus partes (raíces, tronco, hojas) se relacionan entre sí de tal manera que cada una es, a la vez, causa y efecto de la otra.

El árbol parece estar organizado "con un fin". Sin embargo, Kant insiste en que no podemos afirmar, a nivel de conocimiento objetivo, que la naturaleza tenga un propósito final, puesto que esto sería una violación de los límites de la razón pura. La finalidad, por lo tanto, no es una propiedad de la naturaleza, sino un principio regulador de nuestro juicio.

Es una herramienta metodológica que usamos para ordenar el caos de las leyes naturales y entender fenómenos complejos. La finalidad de la naturaleza no es un hecho que conocemos, sino una suposición necesaria para que la ciencia biológica sea posible.

Así, el juicio teleológico nos permite pensar en la naturaleza "como si" estuviera organizada por una inteligencia, sin tener que afirmar la existencia de esa inteligencia de forma dogmática.

Como pueden apreciar, estimadísimos lectores, la "Crítica del juicio" no es un apéndice menor del sistema kantiano, sino la pieza que lo unifica. Su lectura hoy es esencial porque nos ofrece una perspectiva para reconciliar las dicotomías de nuestro tiempo.

En una era de especialización extrema, donde la ciencia y la moral parecen hablar de lenguajes distintos, la obra de Kant nos recuerda la importancia de buscar un principio de unidad en la diversidad. Como señaló el filósofo Ernst Cassirer en su obra "Kant, vida y doctrina" (1921), esta obra "no es una simple adición al sistema. Es, por el contrario, la clave para la arquitectura de todo sistema".

La belleza y la finalidad de la naturaleza no nos dan conocimiento de la divinidad, pero sí nos ofrecen una analogía sensible de la moralidad, permitiendo a la razón habitar un universo que no es ni completamente mecánico ni completamente caótico.

El juicio, para Kant, es esa facultad que nos permite percibir que, más allá de la necesidad y la libertad, hay una armonía que hace habitable el mundo para el ser humano. Para cerrar, insistimos en la necesidad filosófica de no endiosar a nadie, ni siquiera a los más importantes pensadores que sentaron las bases del pensamiento occidental.

Así, es imprescindible cuestionar que si bien la "Crítica del juicio" intenta resolver la fractura del sistema kantiano, ¿lo logra realmente? ¿Es suficiente una "analogía" o una "finalidad subjetiva" para conciliar la necesidad del mundo natural con la libertad moral?

¿Qué significa que un juicio estético sea universalizable sin un concepto que lo justifique? ¿Acaso no es esto una contradicción inmanente? Y, en última instancia, ¿puede una ética fundada en la razón pura ser verdaderamente autónoma si su sentido último depende de la postulación de una armonía que solo es posible en el mundo del idealismo?

Datos biográficos y personales (1)

Immanuel Kant fue bautizado como Emanuel pero cambió su nombre tras aprender hebreo. Nació el 22 de abril de 1724 en el puerto de Königsberg -sobre el río Pregel-, ubicado entonces en territorio de la antigua Prusia (esta localidad desde 1946 se llama Kaliningrado y forma parte de Rusia). Era el cuarto de nueve hermanos, de los cuales solo cinco alcanzaron la adolescencia.

Tumba de Immanuel Kant en el cenotafio de Kaliningrado.

Pasó toda su vida dentro o en los alrededores de su ciudad natal, la capital de la Prusia Oriental en esa época, sin viajar jamás más allá de 150 kilómetros de ella. Su padre, Johann Georg Kant (1682-1746), era un artesano alemán de Memel, en aquel tiempo la ciudad más al noreste de Prusia (ahora Klaipėda, Lituania).

Su madre era Anna Regina Reuter (1697-1737), nacida en Núremberg, hija de un fabricante alemán de sillas de montar. Representante del criticismo y precursor del idealismo alemán, Kant llevaba una vida tan ordenada, precisa y rutinariamente metódica que para algunos de sus biógrafos ha sido su sello distintivo.

A tal punto fue así que a nuestra primera entrega sobre este insigne prisuano la ilustramos con el dibujo "Vivía como un reloj" (su vida diaria en seis pasos). Kant adelantó importantes trabajos en los campos de la ciencia, el derecho, la epistemología, la moral, la religión, la política y la historia, habiendo logrado, inclusive, una síntesis entre el empirismo y el racionalismo.

Sus tratados éticos han influido en pensadores contemporáneos como Jürgen Habermas, Karl Popper, John Rawls, Jacques Lacan y Thomas Nagel. Aceptaba que si bien todo nuestro conocimiento empieza con la experiencia, no todo procede de ella, ya que la razón juega un papel importante.

Kant argumentaba que la experiencia, los valores y el significado mismo de la vida serían completamente subjetivos si no hubiesen sido subsumidos por la razón pura, y que usar la razón sin aplicarla a la experiencia, nos llevaría inevitablemente a ilusiones teóricas.

En su juventud fue un estudiante constante, pero no espectacular ni brillante. Creció en un hogar que ponía énfasis en una intensa devoción religiosa, la humildad personal y una interpretación literal de la Biblia. Por consiguiente, Kant recibió una educación severa que favorecía la enseñanza del latín y la religión por encima de las matemáticas y las ciencias.

(1) Antecedentes reflejados en trabajos recientes de Tim Jankowiak, Michael Rohlf y Matt McCormick, entre otros.

El autor es un docente, escritor y filósofo sanjuanino. Esta es la tercera entrega de sus notas sobre el pensamiento crítico de Immanuel Kant, la que estuvo precedida por "Cuando Kant nos obligó a pensar de nuevo" (13-07-2026) y "¿Libertad y moralidad en la era de la posverdad?" (20-07-2026).


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