La meta era clara: subvertir a Rusia y para ello había que destruir su tradición y, sobre todo, su sentido de religiosidad. Se debía, naturalmente, vaciar al hombre y su fuerte vocación de trascendencia, su destino sagrado en el mundo. El proyecto era excitar el instinto animal y ciego: la burla a la cultura, al orden y, principalmente, a los valores tradicionales. En reemplazo se debía reglamentar la vida terrena, limitada a una felicidad horizontal, o sea en exclusión de la otra vida que mira a Dios. El socialismo pretende ser la religión final de la humanidad, no compite con el cristianismo, lo reemplaza para extinguirlo. No hay Dios, inmortalidad, alma, redención, ni bienaventuranza. La felicidad debe ser material y tangible. La libertad proclamada en la Revolución Francesa se exalta hasta límites insospechados, desembocando en el totalitarismo. La liberación socialista conduce a la esclavitud y al igualitarismo que, en su camino, destruye la cultura, la propiedad, los vínculos de fidelidad y, particularmente, la fe como signo de oro de la Rusia tradicional que hacía gala y culto al honor, que no era otra cosa que expresión de la Rusia caballeresca.