En las elecciones del 14 de noviembre hubo ganadores, hubo perdedores y hubo derrotados. La afirmación merece relativizarse, pero sin ocultar los trazos gruesos. Juntos por el Cambio le ganó al Frente de Todos por más de ocho puntos. La cifra es concluyente y solo la alienación política o el cinismo más descarado puede desconocer ese resultado. El peronismo histórico perdió, pero continúa siendo una fuerza política gravitante en la nación. Perder no es una alegría pero tampoco es una tragedia. Perder es una de las posibilidades de las reglas de juego de la política. No hay alternancia sin perdedores y ganadores. Diferente es la derrota, cuando ésta se asimila al agotamiento de un ciclo. El peronismo perdió, pero el kirchnerismo fue derrotado sin atenuantes con su jefa incluida. La ausencia de Cristina en el acto oficial fue la confesión más elocuente de esa derrota. Fiel a su estilo, cuando la situación se complica la Señora practica el arte de la ausencia. Así lo hizo en Cromañón, en Plaza Once y en cada situación difícil. La derrota del kirchnerismo significa que un ciclo político está llegando a su fin. ¿Cómo será el último acto? ¿Qué grado de dramatismo o tragedia incluirá? ¿Qué costo deberemos pagar por contemplar ese espectáculo? No lo sabemos. Pero lo seguro es que el fin está anunciado; el guión está escrito. Y lo demás es cuestión de tiempo.




































