Nadie recuerda su primera batalla. Nadie sabe con exactitud en qué momento comenzó a caminar hacia la salida de sí mismo. Pero acaso todo ser humano, al nacer, es depositado en un laberinto: no de piedra ni de muros, sino de sonidos apagados, luces lechosas, esperas sin nombre. Un garabato sobre la arena. Ese primer espacio, que llaman cuna o incubadora, no es solo un lugar físico. Es un mundo de límites blandos, de cables que parecen hilos del destino, de silencios rotos por alarmas o susurros que vienen de otro plano. Allí el recién nacido no sabe aún que ha nacido; sólo percibe que está afuera, que algo se ha roto, que algo lo separa.


































