Finalmente se murió. Fiel a su estilo, se tomó su tiempo y esperó cumplir cien años. Un periodista dijo en su momento que era inmortal. Con el realismo que lo distinguía, tengo derecho a especular que la afirmación debe de haber arrancado una sonrisa irónica en un hombre que cuidaba hasta en los detalles las expresiones de su rostro. Se llamaba Henry Kissinger, pero como para advertir acerca de la importancia que le daba a los detalles, informo que su nombre no era Henry. Fue el más grande diplomático de Estados Unidos, aunque había nacido en Alemania y era judío, condición que nunca ocultó pero tampoco exhibió. En una reunión con Golda Meier le dijo: soy en primer lugar diplomático norteamericano; en segundo lugar, ciudadano norteamericano; y en tercer lugar, judío. Golda le respondió con el humor que la distinguía: "Me encanta, porque en Israel leemos de derecha a izquierda, motivo por el cual le digo: bienvenido a Israel, paisano". Dicen los testigos que en esa ocasión su sonrisa fue un poco más amplia. Un poco, no mucho. Claro que era judío. Catorce familiares suyos fueron asesinados por los nazis. Su familia impidió ese desenlace huyendo de Alemania antes de que fuera demasiado tarde. De todas maneras, hay que tomar en serio lo que le dijo en una célebre entrevista a Oriana Fallaci: "Lo que yo soy y lo que yo pienso en mi intimidad, nunca lo diré y nadie lo sabrá".



































