Las imágenes son brutales. Las paredes del frente de la iglesia muestran las cicatrices dejadas por la súbita extracción de placas memorativas vinculadas con su historia y la de la ciudad. El destrato a los santafesinos es increíble, máxime cuando proviene de una secular orden religiosa. Sin embargo, no debería llamar demasiado la atención, porque desde hace décadas la orden de Santo Domingo viene dando muestras de desafecto hacia la ciudad de Santa Fe, a la que paradójicamente acompaña desde su asentamiento originario junto al río de los Quiloazas (luego San Javier), 80 kilómetros al norte de la urbe actual. Hace más de cuatro siglos.




































