La existencia humana está marcada por un intento constante de dotar de orden y estabilidad a un mundo fundamentalmente incierto. Esta búsqueda, aunque comprensible, genera una ilusión de control que, al enfrentarse a la realidad del cambio, puede desmoronarse. Especialmente en contextos como el fin de una relación significativa, esta confrontación con la imprevisibilidad de la vida puede sentirse como una traición al sentido de orden que construimos.



































