En un rincón olvidado de la ciudad, donde las calles eran surcos de tierra que siempre se desmoronaban bajo el peso de las promesas incumplidas, y las casas se sostenían con rezos, nació Rico Sabio. Su casa, una casilla envuelta en chapas usadas y maderas rotas, era un rompecabezas de materiales de todo tipo que apenas resistía el viento feroz del invierno. Las paredes crujían bajo la presión de la humedad que impregnaba cada rincón con su olor a moho, como si la vida misma hubiera olvidado ese lugar. El aire estaba cargado de fragancia a humedad y tierra mojada, y siempre quedaba una leve sensación en la piel; como si el clima se hubiera tragado la esperanza.


































