Por estos días, hablar de violencia escolar en la Argentina y en particular en Santa Fe ya no remite a hechos aislados ni a explicaciones lineales. Lo ocurrido el 30 de marzo en la localidad de San Cristóbal —cuando un adolescente de 15 años ingresó armado a su escuela, mató a un compañero de 13 e hirió a otros estudiantes— quebró una frontera simbólica: la de creer que ciertas formas extremas de violencia eran ajenas a nuestra trama social.

































