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Tribuna de opinión (por Martín Duarte)

Para leer a Disney y desplumar a Donald

Para leer a Disney y desplumar a DonaldPara leer a Disney y desplumar a Donald

Viernes 26.10.2018
 23:46
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Prof. Martín Duarte.

Antes de la revolución de Internet, Disney ya había logrado “mundializar” o “globalizar” sus productos con éxito arrollador y millonario. Actualmente, el ratón Mickey se ha convertido en un pulpo que monopoliza una suerte de “Fondo Cultural Internacional”. En tiempos en que la identidad de las personas se construye sobre la base del consumo, la pregunta es: ¿qué consumimos como lectores o espectadores? ¿Cómo nos apropiamos de este ícono de la cultura de masas llamado Donald?

Su nombre completo es Donald Duck Fauntleroy: “fauntleroy” es un vocablo que designa una manera muy elaborada de vestir a un niño (“an excessively well-mannered or elaborately dressed young boy”). Tiene 84 años: su debut fue en 1934 como personaje secundario de una animación titulada “La gallinita sabia”. En uno de los episodios donde se alista en el ejército (“Donald gets drafted” del ‘42), descubrimos que presenta pie plano (el palmípedo tiene pata plana) y padece una especie de daltonismo. Cuesta entender lo que dice porque mezcla graznidos con palabras. Funciona como la contracara malhumorada y refunfuñona de Mickey. Pero... ¿Qué hay detrás de esta marca registrada del show business? En la década del 70, durante la Guerra Fría, en coincidencia con la presidencia de Salvador Allende, el argentino-chileno Ariel Dorfman (docente, periodista, escritor, ensayista y agudo analista de la cultura de masas) y el belga Armand Mattelart (sociólogo dueño de una fecunda obra teórica) publican: “Para leer al Pato Donald: comunicación de masa y colonialismo”. Allí promueven una mirada latinoamericana y crítica del Pato y su troupe: buscan desnaturalizar la cándida imagen de las fábulas de Disneylandia para evidenciar la ideología imperialista norteamericana que la anima (suerte de ejercicio de “descolonización”).

Según esta investigación, las aventuras de Patolandia muestran qué piensan y cómo nos piensan los productores de contenidos de la metrópolis estadounidense: “La amenaza no es por ser portavoz del american way of life, el modo de vida del norteamericano, sino porque representa el american dream of life, el modo en que los EE.UU. se sueña a sí mismo, se redime, el modo en que la metrópoli nos exige que nos representemos nuestra propia realidad, para su salvación”. Veamos un ejemplo, en el capítulo III (“Del buen salvaje al subdesarrollado”) se citan las siguientes viñetas:

Donald: (a un médico brujo de África) Veo que son una nación moderna ¿Tienen teléfonos?

Médico Brujo: ¿Si tenemos teléfonos? De todos los colores y formas. El único problema es que uno solo está conectado: en línea directa con el Banco de Crédito Mundial.

Los personajes hablan en una choza de un país en vías de desarrollo donde abunda la tecnología chatarra. Una colección de obsoletos teléfonos coloridos adorna una mesa rudimentaria; sólo uno de estos aparatos funciona y sirve para endeudarse con una entidad financiera extranjera. El médico brujo (un curandero que nada tiene que ver con la práctica de la medicina occidental) parece un “cambalache”: bonachón, posee una máscara africana gigante (tan grande como su cuerpo), lleva lentes y usa una peluca traída de las Naciones Unidas por su embajador como una novedad.

¿Qué hacen Donald y su Tío Rico (cuyo nombre original en inglés, Scrooge McDuck, está inspirado en Ebenezer Scrooge, el personaje avaro y egoísta de “Un Cuento de Navidad” de Dickens) en ese país del Tercer Mundo? ¡Viven aventuras en busca de oro! Un mapa o un pergamino o un testamento los conducen a una exótica zona alejada de la metrópolis donde viven “buenos nativos” (buenos salvajes) que “duermen” sobre montañas de oro que ignoran o no valoran. Los patos “maman” la leche de oro que la tierra ofrece; son devoradores de tesoros (aureófagos); se apropian de riquezas que juegan a las escondidas y que su astucia desentierra; transforman esas joyas en dólares: “oro” inodoro, sin patria y sin historia que engorda la cuenta bancaria de los patos (“la disneylandización es una dinerización”).

Por aquel entonces, Dorfman y Mattelart reciben fuertes críticas de la prensa conservadora de derecha por perturbar una región postulada como indiscutible: se los tilda de seudos sociólogos de militancia marxista que llevan a cabo un sutil contrabando y adoctrinamiento ideológico y que están empeñados en impopularizar personajes ya consagrados en la literatura mundial. Las reacciones adversas no se circunscriben sólo a la prensa, cuenta Dorfman: “Un airado automovilista había tratado de atropellarme, gritando ‘¡Viva el Pato Donald!’ Fui rescatado de una turba anti-semita por un camarada karateca y la casa en que vivíamos con mi mujer y nuestro hijo Rodrigo fue el objeto de protestas de vecinos del barrio”.

Dorfman y Mattelart se lo toman con relativo humor en “Instrucciones para ser expulsado del Club Disneylandia”: “los responsables del libro serán definidos como soeces e inmorales (mientras que el mundo de Walt Disney es puro)... como agitadores políticos (mientras que el mundo de W. Disney es inocente y reúne armoniosamente a todos en torno a planteamientos que nada tienen que ver con los intereses partidistas)...”.

Indudablemente, cuando cae Allende y comienza la dictadura de Pinochet: ¡los autores tienen que exiliarse! Diez mil ejemplares de la tercera tirada del libro son lanzados por la Armada chilena a la bahía de Valparaíso. Otros tantos son quemados. 4 mil ejemplares de la versión en inglés son retenidos por el Servicio de Aduanas de los Estados Unidos en julio del 75 por constituir un aparente acto de piratería intelectual contra los derechos de Walt Disney.

“Para leer al Pato Donald” representa un ejercicio paradigmático de una lectura crítica de los productos culturales. Retoma un debate constante. Recordemos, más acá en el tiempo, todo el revuelo que armó la construcción de “Eurodisney”. En la nota titulada “Asterix contra Mickey Mouse” publicada en el diario español El País del 26/3/92, leemos: “El guerrero galo de los tebeos de Uderzo no está solo en su lucha contra el ‘imperialismo cultural norteamericano’. Numerosos escritores y artistas franceses levantan su voz para expresar su impotente protesta contra la apertura, el próximo 12 de abril, del parque de atracciones Eurodisney. Un hecho que llega en un momento de crisis de la identidad francesa y que es contemplado como si de un Chernóbil cultural se tratara”. Michael Eisner, hombre clave de la empresa creada por Walt, dice frente a esta polémica: “Paren, por favor, de diabolizar la cultura norteamericana; nosotros no somos Imperialistas”. Hábilmente y forzados por el bajo rendimiento comercial, “Eurodisney” fue rebautizado como “Disney París”. ¡No es EE.UU., Monsieur, es Disneylandia!

En 2017, Dorfman escribe: “Por cierto que muchos valores que impugnamos en nuestro libro, la codicia, la ultra-competitividad, la sujeción de las razas más oscuras, la desconfianza y desprecio hacia los extranjeros (mexicanos, árabes, asiáticos), todo ello edulcorado en un himno constante a una felicidad inalcanzable anima a cantidad de entusiastas de Trump (y no sólo a sus seguidores)... Espero que en este momento confuso y terrible sea un modo modesto de recordar que de veras no tenemos por qué dejar el mundo tal como lo heredamos al nacer. Si pudiera re-escribir ese libro hoy, es probable que un mejor título sería, quizás, Para Leer a Donald Trump”.

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