Hay movimientos en la naturaleza que parecen, a primera vista, insignificantes. Pequeños gestos casi imperceptibles que, sin embargo, sostienen un universo entero. Así ocurre con el vuelo del moscardón. Una línea que se quiebra, vuelve, roza, gira y se desvía antes de reencontrarse consigo misma. No avanza por inercia; avanza por necesidad.





































