Quien sucumba a la tentación de retrazar la aventura del innombrado protagonista encontrará una secuencia clara: un hombre asiste al velorio y al entierro de sus padres y de su hermano, emprende un largo viaje mientras se remodela la casa familiar para hacer de ella un restaurante, construye sobre el restaurante un departamento y pasa a rehabitar, de una manera desplazada, los lugares de su niñez. Pero la belleza del texto no se encuentra solo en el eje articulador de la maraña, sino en la coexistencia de otras líneas narrativas que acompañan, interrumpen, engrosan el argumento: los juegos en la playa y los torneos de natación de la infancia, las cenas con amigos, la vida doméstica con sus padres y abuelos, su prima, las noches de soledad y de música en el restaurante, el alcohol que acompaña y el gato que mira, las fotos y la ropa que su familia dejó atrás, las mujeres que encuentra y que evade, bares de distintos lugares del mundo, la caída de la bici, el aeropuerto, los intentos de terminar con el dolor, los sueños que le traen de vuelta a los que se fueron. Pasado y presente se mezclan hasta borronear la aventura del protagonista en un juego de frases breves que avanzan y giran, saltan al costado y vuelven a avanzar.