Por Miguel Porral (*)

Por Miguel Porral (*)
¡Hola a todos!, ¿cómo están? La autocrítica es importante para mí, así que opinen por la vía que ya conocen, El Litoral, de la “bendita” Santa Fe. El libro de hoy es “La vida de las abejas”, un hermanito gráfico de nuestro diario que goza de unos saludables 105 años. El único dato de edición que confiesa es: Buenos Aires, 1913, y ha sido re-encuadernado con cartón y cuero. Quizá en esa azarosa operación extraviaron el pie de imprenta que va al final o, de lo contrario, cayeron en molicie y no cumplieron con tan necesario final para nosotros: los que amamos a los libros y, también, a cualquier ser humano.
Llegó, devenido el tiempo y con fuerza motivante, hasta mis cálidas palmas; después de una adopción en la librería famosa de calle Corrientes, en Buenos Aires -1966-... Él me eligió, como hacen los perritos “callejeros por derecho propio”, pero estaba tedioso de vagar entre congéneres bastante narcisistas, entre el “smog”, el polvo y el silencio de alguna palmada humana que le dé unos golpecitos en su cabezota orejuda, y también una escudilla con restos de algún opíparo asado, de algún comedero de la Av. de Mayo... Pero le faltaba el agua vital, al perrito (las abejas son parte de la cadena del agua).
En fin, la cuestión sería que alguna mano piadosa restauró mi libro y me ofrecía una tipografía diminuta, que me obligó a montar sobre mi narizota quevedesca, los cristales para leer... Qué encuentro sublime; nadie lo entiende si no ama los libros en lugar de incomunicarse con el cel... Alejé los de mirar soledades y distancias. Pero “vamos por” sus contenidos, los del citado libro... Sus maravillosos “mensajes de a puño”, en su contexto, son un símbolo de la tan escasa alegría.
Maurice Maeterlinck recibió el Premio Nobel de Literatura en 1911. Fue por toda su obra; especialmente por “Peleas y Melisenda”, obra que inspiró a Claude Debussy para componer -en 1902- una ópera instrumental inigualable, potenciadora de la independencia francesa de la ópera italiana. El argumento de “Peleas y Melisenda” es total soporte de la expresión de la vida en su propia naturaleza. Como buen simbolista que era, Maeterlinck no buscaba el activismo actoral (era hastiante para él); fue brillante en los modos líricos de sensibilidad, estremecimientos y temores... que nacen de la existencia cuando la persona se ahoga en tinieblas.
En su obra se distingue la descripción de climas neblinosos -como en su región de origen, donde los fiordos le ganaron terreno a un mar inasible-..., estos climas vaporosos aparecen invadidos por figuras que flotan. Voy a hacer una apuesta con la encarnadura de mi intuición; quizás me equivoque... o sí.
Maeterlinck fue coetáneo de Marc Chagall. Cuando percibí el “Peleas y Melisonda” visualicé los cuadros de Marc, de la conmocionante serie de “los vuelos”... Fue una experiencia fascinante, única, porque no me consta que haya sido dicha por algún crítico (ni de artes plásticas o literarias).
Pero a nosotros, lector, nos ocupa algo más prosaico: “La vida de las abejas”, que disfrutarán con alegría... Esa vida es el devenir de una existencia rutinaria -como la nuestra...-. Esas “avecillas blondas”, como las llamó Ronsard; un aplaudido por Damaso Alonso... Yo, en la desmesura, diría “colibríes con pátinas de oro blanco, impregnados por el sol, en fugaz competencia con destellantes mariposas; ambos feroces y fugaces tras el néctar de la flora, a quien respetan para no agotarla... Entonces se desplazan de corola en corola, con diferentes planeos y acrobacias... El colibrí helicóptero; la mariposa agitada y con aleteos siempre..., breves planeos horizontales de la mariposa, arrasantes planeos en rectángulos con estelas que rielan colores en el aire”.
“La vida de las abejas” pertenece a otro universo que navegó Maeterlinck con toda su percepción y respeto. No fue un libro de un entomólogo, sí fue el de un humanista.
La secuencia del primer ecologista se completó, después, con “La inteligencia de las hormigas” y “La vida de las flores” (o a la inversa...). Maeterlinck pudo haber escrito sobre un tema asombroso: “La inteligencia de las flores”, que en aquel “cronema” (1) solamente los sabios chinos conocían -en su sobrio y bello arte- desde hacía siglos (V, a.C.), desde la época del archivero y filósofo Lao Tsé.
Quizá haya más que un torpe occidental que sonría necia y socarronamente ante estos títulos, que el consumista dice que no le sirven para nada... Les sugeriría que ordenen su vida según la piedad estética de tantas flores, e imiten la laboriosidad genética y ética de las bellas hormigas... Quizá aún sepan leer más allá del incomunicador manejo del cel...
Sarmiento, qué grande fuiste que, a pesar de no “pelar ninguna chaucha futbolera y corística de m...”, te empachaste más con una mentira de la señora mucama que con un pepino -que te hacía mal- pero que tanto degustabas (valga la mentira piadosa y maternal de la mulata). Para él no había pepinos malignos sino barbarie o civilización.
Maeterlinck, sin quererlo, hace un tratado profundo de filosofía y estética... simplemente porque su verdad es bella (como todas las verdades). Le da importancia al esfuerzo humano por conocerla; desmiente mitos y fábulas sobre las abejas y se detiene, como gran criador de ellas que era, frente a los misterios que surjan de la observación de los panales naturales -no la prisión vidriada e indiscreta de los panales tecnológicos actuales...-.
Dirá que “las abejas son hijas de Aristeo”; a quien le rendían honores en la Arcadia por haber introducido en Grecia la apicultura; significante de la miel con propiedades medicinales para el humano. Maeterlinck dirá que “nada se sabe sobre el mundo de las abejas cuando los entomólogos de Europa habían escrito tratados numerosos y pacatos... Estos científicos -para él- “ostentan una ignorancia inconsciente y soberbia, como si todo estuviera ya dicho y hecho”... Frente a tal incógnita, Maeterlinck se detenía con respeto. Decía: “Es mejor la ignorancia prudente que la de los científicos, que no tienen conciencia”.
Las abejas eran realmente mucho más, a saber:
- tienen su régimen político
- maravillaban con su arquitectura de las colmenas
- estupecafían (para Maurice) con su ciencia heredada (hoy “genética”)
- trabajaban de soles a calígines (2) nocturnas... etc.
Algunos incrédulos confirmaron este anticipo visionario cuando fueron armadas colmenas con cristales para espiarles la sagrada intimidad... A las “blondas avecillas de Ronsard” nunca les había tenido fe... necesitaban ver para creer.
El verdadero sexo monárquico de las tribus abejales fue descubierto por un ciego ayudado por su lazarillo (Huber y Bruner, respectivamente). La reina había sido tenida por rey; pero el régimen maternal de la madre sobre toda la colmena; el misterio de las vírgenes laboriosas; el huevo mágico de la única monarca; la duda sobre el hermafroditismo de la reina -única portadora que se fecunda a sí misma- como los caracoles; -la política astuta y previsible del gineceo real-; -cumplir rutinas aún enigmáticas de la especie-,... etc.
El hombre industrialista arruinó la cosmovisión de Maeterlinck, profanando lo natural... hasta se podría aseverar: violándolo. A Maurice los seres humanos le respondieron menos que sus animales y flores... Tuvo ese pensamiento visionario en 1905. Su colmena se llamaba “La casa de la miel”... pero esa casa era para creer, no para ver. De lo contrario perciban qué hicimos todos con el Planeta.
¡Chau Grandote! (Y no es falta de respeto; significa “vuestro esclavo”... Así que nuevamente chau!!!
(*) Profesor de Letras (Fafodoc - UNL). Poeta, novelista, conferencista.
(1) Cronema: unidad de tiempo cronológico en mi adorada lingüística. Es como un punto fotográfico en la línea temporal.
(2) Niebla, oscuridad, tenebrosidad (RAE).




