I
En un contexto de tensiones internacionales, el tema Malvinas resurge en el discurso político argentino, ahora impulsado por las declaraciones de Trump y la postura de Milei, que busca capitalizar el sentimiento nacionalista. ¿Cómo influirá esto en la política exterior del país? La pelota está en juego y no solo en la cancha de fútbol.

I
Las Malvinas son argentinas. Y junto con la selección nacional representan los denominados sentimientos nacionales más intensos y unánimes, pero como nunca faltan tropezones cuando un pobre se divierte, se presenta un problemita: los ingleses no piensan lo mismo y, como remate, los habitantes de las islas consideran que disponen del derecho a la autodeterminación.
Y, según dicen los que saben, en los tiempos actuales la reivindicación de los habitantes vale más que la reivindicación territorial. A los argentinos estas objeciones no nos despeinan el jopo, pero en el mundo, y en particular en las Naciones Unidas, el asunto no está tan claro y, para nuestra desdicha, está muy lejos de disponer de la unanimidad que nosotros festejamos puertas adentro.
Como dato novedoso, habría que agregar que a las tradicionales reivindicaciones criollas se suman reclamos acerca de la explotación de los recursos naturales y estrategias hacia el futuro alrededor de la soberanía en un territorio que incluiría a la Antártida.
II
Admitamos que el tema adquiere inusitada actualidad por dos razones. Una de ellas fue la decisión de los jugadores de la selección nacional de exhibir una bandera con la consigna "Las Malvinas son argentinas" cuando derrotamos a los ingleses; ese gesto preparó el clima.
La otra razón, que intuyo que es la que decidió a Javier Milei a posar de nacionalista y hacerse el guapo, fueron las declaraciones del presidente Donald Trump sugiriendo, o dando a entender, que Estados Unidos no está del todo convencido acerca de las pretensiones inglesas.
El enunciado del presidente yanqui se veía venir. El hombre estaba enojado con los ingleses cuando se negaron a acompañarlo en la guerra contra Irán. Para Trump, la OTAN y los ingleses en particular lo traicionaron o algo parecido.
Desde hace años, los republicanos y la derecha en general consideran que Estados Unidos gasta demasiada plata en proteger a Europa, una causa que tenía cierto sentido en tiempos de la llamada Guerra Fría, pero en la actualidad ha perdido vigencia, consideración agravada en esta coyuntura por la discreta toma de distancia de las principales potencias europeas con el caso Irán.
A esto hay que sumarle que el actual mundo globalizado tiende a polarizarse en dos centros de poder: Estados Unidos y China. Y planteado así este singular duelo bajo el sol, resulta más o menos previsible que los yanquis privilegien la relación con su patio trasero.
Trasladado al tiempo presente, esta relación en lo que a nosotros nos compete es la que sostienen Trump y Milei, un "cheek to cheek" entre el muchacho rico y la modista de barrio.
III
Yo creo que la palabra de Trump vale poco, por no decir nada. Hoy sugiere lo que sugiere sobre los ingleses pero mañana puede decir lo contrario o, por lo menos, hacerse el distraído. De todas formas, en esta partida entre tahúres hay algunas "gotitas de verdad" que no deben desconocerse.
La contienda con China es verdadera y, más allá de un presidente u otro, para Estados Unidos el Atlántico Sur es una cuestión de Estado y es en esa estrategia que Argentina importa. O sea que, prescindiendo de la retórica de expertos en el oficio de vender humo, lo novedoso en esta situación es la disputa por territorios y pasos interoceánicos. Veremos cómo sigue esta película.
Algo nuevo está ocurriendo, pero nos equivocamos si creemos que la recuperación de las Malvinas está a la vuelta del camino. Dicho en términos pragmáticos: tenemos una pequeña oportunidad para jugar una carta que mejore nuestras posibilidades negociadoras. Pero, tan interesante como este juego diplomático entre potencias, es el debate abierto entre argentinos.
En principio parece estar claro que la causa Malvinas nos une a todos, pero no bien se escarba un poquito observaremos que esa unanimidad está por lo menos matizada. Para Milei, las islas Malvinas son una causa que hoy se reivindica de la mano de Trump. Sospecho que los troskos, los kirchneristas o los nacionalistas militares o religiosos no piensan exactamente lo mismo.
En este caso se aplica la teoría de los puntos de vista. Dicho con otras palabras, sostenemos lo mismo pero por razones diferentes. Algo parecido ocurrió en 1982.
Malvinas entonces fue una causa de los militares, pero también fue una causa de Montoneros e incluso se sumaron al jolgorio intelectuales de izquierda exiliados, que luego se arrepintieron hasta las lágrimas por haber firmado un manifiesto a favor de la causa de Malvinas y, objetivamente, a favor o, por lo menos, no en contra de la aventura militar.
IV
A mí el nacionalismo malvinero nunca me gustó, siempre lo consideré una farsa o una exhibición de los peligros que conlleva este nacionalismo irredento. Que el fútbol y Malvinas sean las pasiones absolutas de los argentinos, no hace más que acentuar mi recelo por el nacionalismo siempre tentado a colocar la z en lugar de la c.
Tal vez no sea casualidad que las únicas pasiones que logró despertar la dictadura militar sean el campeonato mundial de fútbol de 1978 y la aventura militar de 1982 que, dicho sea de paso, el Informe Rattenbach -informe promovido por los propios militares-, fue contundente contra jefes militares incompetentes e irresponsables.
En lo personal, mi primera relación con Malvinas fue en 1966, cuando durante la dictadura de Juan Carlos Onganía una veintena de nacionalistas secuestró un avión de línea para levantar la bandera argentina en las islas. Fueron presos al otro día, pero la gesta ganó popularidad.
Sus principales protagonistas fueron dos personajes salidos del vientre pantagruélico del nacionalismo criollo: Dardo Cabo y Alejandro Giovenco. Uno concluyó ejecutado por los militares; el otro murió porque le estalló una granada que llevaba en el bolso y que seguramente iba a arrojar en algún local de la organización en la que militaba Dardo Cabo.
V
A riesgo de simplificar, diría que hasta la fecha la causa de Malvinas, políticamente hablando, fue siempre una causa de la derecha nacionalista, religiosa o militar.
Lo asombroso en la actualidad es que sigue siendo una causa de la derecha pero esa derecha ahora la representa Milei prendido a los faldones de Trump y en una coyuntura internacional que le suma al tradicional folclore una estrategia de dominio territorial que incluye, además, una base militar en Tierra del Fuego.
Hasta hace un par de años Milei consideraba que el derecho de los kelpers era superior a nuestros derechos territoriales. También estimaba que Margaret Thatcher era una heroína de la causa liberal. Milei no es el primer jefe de Estado -tampoco el último- que cambia de opinión o, lisa y llanamente, miente. A las nuevas circunstancias, él da la impresión de acomodarse rápidamente.
No sé qué harán los opositores. ¿Irán al pie? ¿Lo correrán por izquierda o por derecha? Vaya uno a saberlo. Lo seguro es que una vez más Milei pone las condiciones de juego. La situación de los opositores no es cómoda. Si lo critican corren el riesgo de ser condenados por la hinchada de infames traidores a la patria.
Si lo apoyan, corren el riesgo de someterse a su liderazgo. Seguramente habrá un poco de todo, pero una vez más a los opositores moderados, radicalizados, pero opositores al fin, la vida les enseña que a este presidente se lo puede criticar, se lo puede detestar, pero no se lo debe subestimar.





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