Grupalmente, las mujeres del mundo colonial americano solían disponer de sitios en los que se las orientaba en su educación: escuelas de niñas, conventos, beaterios, recogimientos; o bien espacios más acotados destinados a la "corrección" de conductas indeseables, en las que las destinatarias estarían "depositadas" temporariamente, bajo la vigilancia de personas responsables en ámbitos familiares. En aquéllos se reconocen caracteres comunes: se aprendían primeras letras y números, con énfasis en la formación religiosa, actividades manuales y aprendizaje de cuán virtuoso era "guardar clausura"; el requisito mayor era que "tanto devotas como arrepentidas" se sometieran a las reglas. La conducta más estricta era la observada en familias hidalgas. Una doncella tenía que cuidar la honra familiar y no sólo "debía serlo, sino también, parecerlo", por tanto nunca debería ser vista en "la calle", excepto acompañada por miembros de su familia, criados o esclavos. Así, las funciones de las instituciones destinadas a niñas y mujeres eran espirituales pero también disciplinarias.