Un par de horas antes, con las primeras luces de una mañana fría, un auto que pretendía entrar atropelló a un chico adolescente que dormía allí, en el suelo, un poco protegido de las inclemencias nocturnas pero a la vez desprotegido, vulnerable, pues aquel era lugar de paso. En general no dormía allí, en la bajada que da acceso al estacionamiento subterráneo de un edificio de la calle San Martín, al sur, sino justo enfrente, en un vestíbulo discreto de la otra vereda. Pero, la noche previa de aquella mañana, el sereno lo había expulsado de dicho vestíbulo, ni me quiero imaginar con qué palabras, con qué modales, con qué consenso, con qué derecho, y el chico no tuvo otra que refugiarse allí donde a primera hora lo atropellarían.