Dice la historia que una noche del 43, en uno de los tantos cabarés de la porteña y emblemática Buenos Aires actuaba un tal Pichuco Troilo, exquisito bandoneonista que con sus dedos regordetes, entrecerraba los ojos y, aunque el sitio estuviera desbordado de gente, entraba en soledad en comunión con su instrumento, haciéndolo "hablar" realmente. Y vaya si lo hizo hablar.

































