La canción 'Merceditas' se convirtió en un símbolo de conexión con la patria para los argentinos en el exilio, reviviendo recuerdos de infancia y de lejanía.
Hace más de cuarenta años viví unos cuantos meses en Nicaragua. Poco importa saber los motivos de esa visita, porque lo que interesa saber en este caso es una experiencia más valiosa que la supuesta sabiduría política que iba a adquirir visitando el territorio de una revolución que, como sabemos, fracasó, fue traicionada, si es que alguna vez fue una revolución.
Estábamos en un boliche en Managua llamado, me acuerdo, "La Yerba Buena". Abundaban las copas, las guitarras, las mujeres. Éramos jóvenes viviendo la fiesta de una revolución. Había chilenos, uruguayos, argentinos. Todos, o la mayoría, exiliados, algunos desde hacía diez o quince años.
De pronto, uno de los músicos, argentino para más dato, uno que tocaba un instrumento parecido a un acordeón, inició la melodía.
Apenas la escuché se me fueron los efectos del ron y no voy a decir que empecé a lagrimear, pero me sentí conmovido, como si de pronto se hubieran callado las voces, las risas, y solo existiera en el aire de ese bar nocturno cuyos ventanales daban a una avenida adornada con banderas rojas y negras, esa canción, esa melodía que mencionaba el nombre de una mujer y hablaba de un amor perdido hacía muchos tiempo.
II
Nunca olvido ese instante, como no olvido esos versos que supongo que ustedes habrán adivinado: "La conocí en el campo,/ allá muy lejos una tarde,/ donde crecen los trigales,/ provincia de Santa Fe". No recuerdo si había santafesinos en el bar, pero los argentinos que allí estábamos pedimos a gritos que la repitiera. Y la repitió dos veces y todos la cantamos.
Una amiga, que dejó Reconquista en 1975, me dijo después que mientras vivía en la Argentina jamás le importó "Merceditas". Conocía la canción desde su infancia porque la cantaban en alguna fiesta familiar o la escuchaba en la radio cuando iba durante las vacaciones a pasear a la casa de sus tíos en la provincia de Entre Ríos:
"Nunca le di importancia, hasta que la escuché una noche en Toulouse, en una peña de argentinos en un tiempo en que pensar en volver era imposible. Entonces llegaron las imágenes de mis tíos, de mi abuela y de aquellas canciones que cuando vivía en Reconquista nunca me importaron y de pronto, en una ciudad perdida de Francia, esa misma canción, esa 'Merceditas', me hacía lagrimear,... y juro que no estaba borracha".
Alguna vez un amigo me dijo: "En la mitología argentina hay varias mujeres, pero ninguna como Merceditas".
III
Y le di la razón porque así es. No hay un nombre de mujer más conocido que Merceditas. Se puede hablar de Malena, de Mireya, de María, de Margot, pero ninguna está mitológicamente tan instalada en la realidad como Merceditas. Y esos versos que evocan el campo, la lejanía, la caída de la tarde, los trigales.
Y todo ese paisaje para decir que esa pequeña historia de amor ocurrió en la "provincia de Santa Fe". Alguna vez un cantor de country en Estados Unidos le dijo a un político: "Dame los mitos populares de las canciones y te dejo a vos, a modo de consuelo, que redactes todas las leyes que se te ocurran y después comparemos quién tiene más poder".
El biógrafo más exigente de Pancho Villa, Friedrich Katz, reconoce que si el caudillo de Chihuahua sobrevivió al silencio y al olvido fue porque durante décadas, en las cantinas, a orillas de un río o en un improvisado fogón, había una guitarra y una voz que recordaban sus hazañas.
No le voy a atribuir a Merceditas tantas licencias, pero me permito decir que aquella noche en Managua, en ese bar llamado "La Yerba Buena", durante unos minutos los argentinos que allí estábamos disfrutamos escuchando una vieja canción que narra una historia de amor situada en el paisaje mítico de nuestra infancia y nuestra región.
IV
La curiosa persistencia de los recuerdos. Hace alrededor de treinta años un escritor nacido en 1928, que ya no está, me comentó que cuando él tenía veinte años conoció en Rincón a un señor de más de ochenta años que en su adolescencia le había dado la mano a Domingo Faustino Sarmiento con motivo de su visita a Santa Fe para representar al gobierno nacional en el velorio de Simón de Iriondo, fallecido en 1883.
Notable. Sarmiento, un Sarmiento muy sordo y algo viejo, llegó a nuestra ciudad en barco y en algún momento se acercó a la oficina de correo donde trabajaba de "chico de los mandados" un muchacho de no más de quince años. Casi setenta años después aquel muchacho, ahora un amable anciano, le contaba a mi amigo escritor que le dio la mano a Sarmiento.
Y mi amigo se sentía orgulloso de estrechar la mano que en algún momento había estado en contacto con la mano de Sarmiento. O sea que en el año 2000 yo estuve con un señor que a su vez conversó con otro señor que conoció a Sarmiento nacido en 1811, nueve meses después del 25 de mayo de 1810.
V
Los viejos vecinos de Esperanza recuerdan que sus abuelos le comentaban que Sarmiento visitó la flamante colonia y se quedó a dormir una noche en la localidad que se presentaba como modelo y ejemplo de la consigna alberdiana: "Gobernar es poblar". Julio Argentino Roca estuvo en Santa Fe, por lo menos un par de veces.
Acá intervienen una vez más las leyendas. Marcelo O'Connor me dijo que Roca estuvo en la inauguración del Colegio Nacional. No me consta, pero sería lindo que fuera cierto. También dicen que Roca inauguró el monumento a San Martín en la plaza que lleva el nombre del Libertador. Y luego de la inauguración se cruzó hasta el local de la masonería de calle 9 de Julio para celebrar una tenida.
Hipólito Yrigoyen nos visitó más de una vez. Según viejos amigos, en una de esas visitas se alojó en el Hotel Ritz de calle San Martín y desde uno de sus ventanales saludó, apenas con un toque en el ala del sombrero, a la multitud que se amontó en la calle para vivarlo.
VI
El otro radical que estuvo en Santa Fe fue Marcelo T. de Alvear. Lo hizo en los tiempos de la presidencia de Agustín P. Justo, cuando Luciano Molinas era gobernador de la provincia.
Se celebraba en Santa Fe la convención nacional de la UCR que concluyó con un levantamiento armado de los hermanos Greca y, como consecuencia de ello, todos los dirigentes radicales, incluido Alvear, terminaron en cana; dirigentes que, claro está, no tenían la menor idea del levantamiento armado.
Otro amigo se acordaba de haberlo visto en esos días a Alvear tomando un café con sus correligionarios en el bar "Los Dos Chinos" de San Martín y Juan de Garay.
VII
La historia se confunde con la leyenda cuando se menciona la estadía en Santa Fe de un joven oficial que respondía al nombre de Juan Domingo Perón. Según consta, estuvo destinado al Regimiento 12. No estuvo un fin de semana o un mes de vacaciones, vivió por lo menos un par de años.
Según se dice, durante la semana se alojaba en el cuartel, pero para los fines de semana alquilaba una casa en las inmediaciones de Plaza Constituyentes. Otros dicen que su residencia estaba en el centro, algunos aseguran que en calle Vera, otros en Catamarca (que para entonces no soñaba con llamarse Eva Perón).
Los rumores aseguran que alrededor de 1920, a este Perón juvenil, anónimo y "muy buen mozo", era habitual verlo caminar por las calles de la ciudad casi siempre rumbo a las instalaciones del Jockey Club donde practicaba esgrima.
Como los chismes no conocen límites, las comadres y compadres mencionan sus amoríos de aquellos años, y su amistad con un conocido político del Partido Demócrata Progresista con el que compartía copas, salidas nocturnas y alguna que otra aventura "de polleras".
VIII
En diciembre de 1947, Evita Perón llegó en tren a media mañana a nuestra ciudad. Vino a inaugurar un hospital, pero además hubo paseos, actos públicos, una cena en el club Unión y la inauguración de un partido de fútbol en la cancha de Colón en barrio Centenario.
Un vecino del barrio contaba emocionado la escena principal de ese partido: una Evita rubia y hermosa (son sus palabras), pero lo que más recordaba, y más lo emocionaba, era su pañuelo celeste en el cuello.
No me consta que Evita haya usado un pañuelo celeste, por lo menos en la foto no se lo ve, pero para este hombre sencillo, peronista de corazón, lo que más lo emocionaba era ese pañuelo celeste, apenas agitado por la brisa, acariciando el cuello de Evita.