El aire helado roza mi cara. Cierro bien mi tapado azul y voy a abrir la tranquera. Cierta bruma extraña empaña el camino. Parece que una impalpable túnica blanquecina bajara desde el cerro para cubrir el bosque de cipreses, ñires y radales. Lentamente me dirijo hacia la camioneta. Me preocupa la poca visibilidad que hay para manejar pero necesito buscar algunos insumos en el pueblo. Arranco el motor y lo dejo calentar unos minutos. El frío es intenso y pueden verse las hojas de maqui escarchadas a través del cristal. Salgo con cuidado. La senda también está congelada y se torna peligrosa con las curvas sinuosas y los hondos surcos que rompen la tierra y complican el paso. Voy despacio porque la niebla solo me permite ver unos metros adelante. Después todo es nebuloso e incierto. Creo estar dentro de una espuma intangible y mágica, suspendida en una albina y suave nube de tul. Mis pensamientos se van hilando como en una antigua rueca para después diluirse dentro del nimbo cósmico de mis emociones. Por fortuna, no hay tráfico y esto permite maniobrar con mayor tranquilidad. De repente siento un golpe brusco que me asusta. Freno abruptamente. Seguramente no alcancé a distinguir algún bache grande en ese tramo del mejorado. Respiro profundo y bajo del vehículo. Abrigo mi cuerpo entumecido con ternura infinita y me fijo si hay algún desperfecto. El suelo esta cubierto de hielo y en un descuido percibo que me resbalo sin poder sujetarme. Vértigo y oscuridad…


































