Hace unos días, por el solo placer de ver las aguas mansas pero a la vez ávidas de la laguna Setúbal, y tomar un poco de fresco vespertino, y cumplir con el precepto médico de al menos caminar un buen rato y con energía, volvía por la vereda norte del Puente Colgante cuando un llanto de bebé pequeño requirió mi atención.

































