- Hay que empezar por pensar para qué nació el sistema judicial. Al vivir en sociedad renunciamos a hacer justicia por mano propia. Consentimos que conflictos que violan la ley los tienen que resolver un grupo de personas de acuerdo con la legislación vigente: jueces y fiscales. El sistema judicial tiene que resolver esos conflictos en un plazo razonable y esas resoluciones tienen que ser respetadas. Respetadas, porque uno va a estar contento porque ganó y otro va a estar triste porque perdió. O sea, solucionar conflictos en un plazo breve y que esa palabra sea respetada. Nada de eso ocurre hoy. La palabra judicial está sospechada como dispositivo. Hay buenos jueces, buenos fiscales, buena gente en tribunales, pero la palabra está sospechada. Además la justicia llega, resuelve los conflictos, en general, tarde y mal. A un trabajador lo despiden arbitrariamente, hace un juicio, tarda quizás 10 años en cobrar su indemnización. Un reclamo de un comerciante por un cheque demanda un proceso de diez años, ni qué hablar de los accidentes de tránsito. La justicia llega tarde, prolonga mucho los procesos y encima está sospechada. Ante esta situación, lo primero que hay que hacer es reconocerla y empezar a trabajar.