Vivió 102 años. Quizá ese haya sido su castigo. Cuando le llegó la hora no le quedaba ni una brizna de gracia. Decrépito, disecado en vida, es probable que hubiera perdido la memoria aunque un confuso sentimiento de culpa aun pudiera perturbarlo. Jacopo de Grattis o Gratiis, había nacido en Módena, Italia, en 1517, y llegó a Madrid como secretario del nuncio papal ante el monarca Felipe II, autor, a mediados del siglo XVI, del traslado de la capital del reino a esa villa de escasa población y desordenada trama urbana que se erigía en el centro geográfico de España. De Grattis traía en su mochila existencial una historia cargada con ribetes de leyenda, lo que luego se ampliaría con versiones contradictorias sobre su discutida personalidad. Al parecer, la fuente misma de su existencia -su madre-, luego de experimentar un trastorno cataléptico, se habría repuesto de su estado de muerte aparente para levantarse del féretro cuando la iban a enterrar. Antes de ese episodio había perdido a sus tres hijos. Y después de emular a Lázaro tuvo otros tres, a los que les puso los mismos nombres de los fallecidos; entre ellos, el de Jacopo al hijo que habría de estudiar en Florencia y vivir en Bolonia antes de que los indescifrables hilos de la existencia lo condujeran a Madrid. Su atractiva personalidad, su donaire y simpatía, pronto le abrirían las puertas del Alcázar madrileño -donde moraba la familia real- y los ostentosos portalones de las casas nobles de la villa. Entre tanto, esa costumbre tan española de traducir a su lengua los nombres extranjeros lo había convertido en Jacobo de Gracia. Su apellido, de raíces latinas (gratia, gratus, gratis) enfatizaba así su natural grazia italiana, que a su vez mudaba a hispano gracejo. Su mundanidad, combinada con su pulsión galante, hacía estragos entre las mujeres madrileñas que, no obstante su pertenencia a la nobleza, eran un tanto provincianas si se las comparaba con las romanas. La impar gracia de Jacobo las seducía al punto de hacerlas caer a sus pies, o sobre él, o bajo él, antigua costumbre, al fin, del género humano. Con su gracejo, Jacobo organizaba fiestas y creaba climas especiales; su aptitud lo diferenciaba de hidalgos españoles corajudos pero ásperos en el trato con las mujeres. Además, conjugaba su grato temperamento con la gracia de Dios que presuntamente lo acompañaba desde el Vaticano en su calidad de funcionario de la Iglesia ante el muy católico reino de los Austrias. De modo que su agraciada personalidad se potenciaba hasta volverse irresistible. Tanto fue así, que una de las hijas de Felipe II habría de interceder ante su severo padre para que a Jacobo se lo nombrara caballero. Y como los deseos de las gráciles princesas suelen concederse, el secretario del nuncio se convirtió en el Caballero de Gracia que hoy evoca una céntrica calle de Madrid, calle que en el siglo XVI se llamaba ‘del clavel’, y en la que el enriquecido italiano había comprado numerosas propiedades. Una de ellas sería el escenario de su desgracia. Acostumbrado a que las mujeres le dijeran que sí, Jacobo se obsesionó con una inquilina que le dijo no. Se trataba de doña Leonor Garcés, casada con un hidalgo de Aragón cuyos deberes militares lo alejaban a menudo de su residencia. En esas ocasiones, el gracioso caballero aumentaba su asedio, reproducía su cortejo inútil que no hacía más que ahondar su deseo impenitente. Pero Leonor, bellísima según mentas de la época, no respondía a los requiebros del libertino personaje. Narcisista, oficiante de un culto a sí mismo alimentado con el amor de sucesivas mujeres, Jacobo se encontraba al fin con la experiencia de un no tajante, un no que se alzaba como un límite imprevisto y laceraba su ego porque lo hacía dudar de su hombría, a la que confirmaba con cada conquista. Despechado, urdiría un plan siniestro. Se ganaría la confianza de una de las doncellas de Leonor para que le permitiera adentrarse en la casa. Lo hizo de noche, y mientras subía a hurtadillas y con un frasco de narcótico la escalera que conducía a la alcoba donde descansaba su enfermiza obsesión, creyó escuchar una voz en la penumbra. Él la atribuyó a Dios, aunque quizá solo fuera un quejido de su conciencia; lo mismo da. Lo cierto es que se asustó, tambaleó, y con el brusco movimiento perdió el control del frasco que se hizo trizas contra el suelo. Al día siguiente, el suceso corría por la villa de Madrid de boca en boca, mientras que al lugar del episodio se lo comenzaba a llamar ‘la casa del espanto’. Avergonzado por los dedos que lo señalaban con repulsión, y quizá asqueado de su propia vileza, el caballero en desgracia -motivo de escarnio para el concepto de caballerosidad en tiempos de reglas corteses- decidió ingresar a la vida religiosa. Renunciaba a las delicias del mundo sensorial que había gozado con fruición, y se disponía a purgar la bajeza de sus extravíos con una nueva vida de ascesis, penitencia y ayuda al prójimo. Así, en la cercana calle del Carmen comprará varias casas prostibularias y luego de demolerlas impulsará la construcción de la iglesia homónima que aún luce su estampa arquitectónica característica del ciclo histórico de los Habsburgo. Colaborará con la creación del Colegio de Loreto para niños abandonados y fundará el hospital de italianos en la carrera (la calle) de San Jerónimo; también participará de la erección de un hospital de convalecientes para enfermos que yacían tirados en las mugrientas calles del Madrid de entonces. Por fin creará la Congregación de los Indignos Esclavos del Santísimo Sacramento -nombre sugerente de penurias interiores-, cuyo primer oratorio será costeado con su herencia luego de su muerte, acaecida en 1619. Desde que viera la luz en Módena, había pasado más de un siglo, y en ese largo recorrido había experimentado la gracia y la desgracia, cara y cruz de la existencia. Desde el sórdido episodio de la calle ‘del clavel’, había intentado redimirse con acciones piadosas e iniciativas de bien público que se eslabonaron década tras década. Pero es dudoso que lo consiguiera. La llamativa extensión de su vida pareciera sugerir el tamaño de un autocastigo infligido por el recuerdo de su imborrable villanía. A metros del oratorio donde yacen sus restos, en el cruce de Caballero de Gracia con la calle Montera y el encuentro con la Gran Vía, se halla el punto tripartito en el que se produce desde hace años una de las mayores concentraciones de putas de Madrid, presencia paradojal en la cercanía del libertino que hace más de cuatro siglos echó abajo los prostíbulos de la zona para ahogar los llamados de la carne y neutralizar sus pensamientos concupiscentes. - Versión libre cuya principal fuente de información es un trabajo de Carlos Osorio, buceador incansable en la historia menuda de Madrid.