Hay una idea profundamente equivocada —y peligrosamente instalada— en amplios sectores de la sociedad: creer que la enfermedad es solo un problema de salud. No lo es. La enfermedad, en el mundo real, es un problema económico, laboral, familiar y social. Y cuando uno lo analiza sin romanticismo, queda claro algo incómodo pero verdadero: estar enfermo es un lujo que solo los ricos pueden darse.
Para la enorme mayoría de las personas —trabajadores, emprendedores, profesionales independientes— la salud no es un concepto abstracto. Es su principal activo. Es su capital más valioso. Sin salud no hay ingreso, no hay continuidad laboral, no hay productividad, no hay proyectos. La enfermedad no solo duele: interrumpe, empobrece y desorganiza la vida.
Quien vive de un sueldo, de su oficio o de su profesión no puede “permitirse” enfermarse. No puede faltar semanas al trabajo, no puede depender de licencias interminables, no puede sostener tratamientos costosos, ni absorber el impacto económico del ausentismo. Cada día sin trabajar es un ingreso menos, una oportunidad perdida, una carga más para la familia. En cambio, quienes tienen patrimonio, rentas o estructuras que los sostienen pueden enfermarse sin que su mundo se derrumbe. Esa es una diferencia brutal que pocas veces se dice con claridad.
La enfermedad cuesta. Y cuesta mucho. Medicamentos crónicos cada vez más caros, consultas, estudios, traslados, tratamientos prolongados. A eso se suma el costo silencioso: la pérdida de energía, la baja del rendimiento, la falta de concentración, el desgaste emocional. Todo eso tiene precio, aunque no siempre figure en una factura. Y ese precio lo pagan, sobre todo, los que menos margen tienen.
Por eso la prevención no es una moda, ni un slogan bonito, ni una recomendación “light”. La prevención es una estrategia económica y de supervivencia personal. Es una decisión inteligente. Es entender que cuidar la salud no es un acto narcisista, sino una forma de proteger el propio patrimonio. Porque el principal patrimonio de una persona común no es una casa, ni un auto, ni una cuenta bancaria: es su cuerpo funcionando.
Durante años, desde estas páginas, insistí en la misma idea: no se trata de vivir obsesionados con la salud, sino de no vivir de espaldas a ella. Comer mejor, moverse más, dormir lo suficiente, controlar el estrés, hacerse chequeos básicos, no esperar a que el cuerpo “grite” para recién entonces escuchar. Todo eso es prevención. Y prevención es ahorro. Ahorro de dinero, de tiempo, de sufrimiento y de oportunidades perdidas.
El sistema sanitario, además, está pensado para atender la enfermedad, no para evitarla. Cuando uno llega al consultorio con un problema instalado, muchas veces ya es tarde para soluciones simples. Empiezan los fármacos, los parches, los tratamientos largos. Nada de eso es gratis, ni económica ni biológicamente. Y aquí aparece otra verdad incómoda: gran parte de las enfermedades modernas se podrían haber evitado o retrasado con decisiones básicas sostenidas en el tiempo.
Los trabajadores, los emprendedores y los profesionales no pueden darse el lujo de ignorar esto. No pueden vivir como si el cuerpo fuera infinito. No pueden hipotecar su salud creyendo que después “verán”. Porque cuando la enfermedad aparece, no pide permiso, no espera el mejor momento y no distingue agendas.
Cuidar la salud no es un acto de egoísmo, es un acto de responsabilidad. Con uno mismo, con la familia y con el propio proyecto de vida. En un país donde todo cuesta, donde nada sobra y donde el esfuerzo es cotidiano, la salud es el único capital que no se puede reemplazar.
Por eso lo digo sin vueltas: enfermarse no es un destino inevitable. Muchas veces es una consecuencia. Y prevenir no es un lujo: es una necesidad urgente para quienes viven de su trabajo. Porque al final del día, la verdadera riqueza no es cuánto tenés, sino cuánto podés hacer con tu cuerpo en buen estado.