Es una historia de amor no correspondida. En las tribunas, la pasión y la actitud de la gente para provocar una movilización que otra vez hizo historia. En el campo de juego, la imagen anodina, despojada de virtuosismo, insulsa por momentos y limitada de un equipo que no encuentra formas que convenzan. Colón volvió a ser el de siempre, el que deja dudas, el que desnuda sus carencias y el que no puede levantar cabeza. Por eso, Lavallén ha repetido tantas veces que hay que barajar y dar de nuevo cuando esto se termine. Y es así. Porque frente a un equipo precario, entusiasta pero muy limitado, Colón no pudo sacar ventajas, no se le animó, no le tiró la supuesta mayor jerarquía y hasta hace dudar si realmente hay una diferencia a favor entre un equipo que sabe de sus limitaciones y juega en función de tal, con otro que pretende ser algo que no es; o que le cuesta mucho aspirar a serlo.



































