Gustavo Munúa salió despedido desde el banco de suplentes, muy enojado con el árbitro por la clara falta contra Zenón que no vio. Era la última jugada del partido y podía generar un tiro libre de peligro en el área de Patronato. Quizás haya sido la gota que rebasó un vaso que se llenó de dudas, pero no tanto por la actuación del árbitro o del VAR (dicho sea de paso, hay que mejorar los tiempos urgente: es inconcebible que un partido se detenga ¡siete minutos! por un penal) sino porque el equipo no funcionó. Unión tuvo muchas sombras. Volvió a carecer de profundidad arriba, se equivocó atrás, defendió en línea al principio, se metió en una lucha que le quitó claridad y tampoco pudo acomodar el partido a la natural intensidad que habitualmente pretende imponerle a los partidos.

































