Era una prueba de coraje, de madurez, de temple. Boca armaba la fiesta para la vuelta de un campeón del mundo surgido de sus entrañas, pero Unión no quería ser el “pato de la boda”. Boca tuvo la pelota en esos minutos iniciales en los que Unión aguantó y bien. Cuando hizo pie, Unión planteó el partido de mitad de cancha hacia el arco de Marchesín. Y lo neutralizó casi por completo. Fueron largos minutos en los que no solo se jugaba corto como le gusta a Madelón, sino que Unión empezaba a encontrar espacios en el mediocampo para que los volantes manejen la pelota mucho más que los cinco que puso Russo en ese sector para gobernar el trámite a partir de la tenencia de la pelota. Pero a la pelota no la tenía Boca, la tenía Unión.


































