Cuando Ivana juntó el coraje necesario para renunciar a su trabajo pensó en no contarle a su empleador lo que iba a emprender. Temía que piense que está loca. Es que estaba tirando a la basura la meta que muchos jóvenes persiguen (o al menos en otra época). Ser una profesional universitaria de 27 años con trabajo y perspectivas de crecimiento como bioquímica y como entrenadora en un gimnasio. Pero se lo dijo.



































