En la inmensidad parda del río Paraná, allí donde los remansos se arremolinan en silencio y la arena dibuja ondulaciones bajo el agua, habita un grupo de criaturas tan antiguas como discretas: las rayas de agua dulce. Silenciosas, esquivas, apenas perceptibles cuando se entierran bajo el fondo, forman parte de un patrimonio natural que late a la par de la vida ribereña. No es casual que los científicos las observen con una mezcla de fascinación y urgencia.




































