En el hogar de Ana se respira Manos Abiertas. Sus hijos y su marido, a quien con humor define como un "voluntario involuntario", siempre están a la par participando de las tareas de la obra. "Sin su apoyo no habría podido", afirma. "En el voluntariado creces en amistades, vas conociendo seres valiosos en este camino de servicio. También entablamos amistad con nuestros "patroncitos", así llamamos a las personas que acompañamos porque respondemos a sus necesidades, ya sea de enfermedad, de soledad, etc. Aprendes todo el tiempo con algún gesto o actitud del otro que te hace reflexionar. Te transmiten alegría, fe, esperanza, fortaleza al abordar los tratamientos. Siempre que uno da, es más lo que recibe, porque te llena el alma saber que estás ayudando a otro".