A. cumplió 11 años hace poco. La niña pertenece al grupo de personas con Trastorno del Espectro Autista y de a poco, con el cumplimiento de la ordenanza que limita el uso de pirotecnia y una mayor conciencia y difusión de los efectos negativos que tienen los estruendos sobre distintos grupos sociales, va encontrando su lugar en la mesa de las fiestas de fin de año. Es literal: cuando era más pequeña, la cena y el brindis eran momentos de encierro y angustia para ella y su familia por el efecto desestabilizador que produce el ruido. Un efecto que dura, no minutos ni horas sino, en ocasiones, días completos.

































