La propuesta es un viaje en el tiempo. El punto de destino es Santa Fe, a finales del mes de julio de 1970. En la galería de arte El Puente, ubicada en 25 de Mayo 1884 acaban de inaugurarse muestras individuales de dos artistas.
En 1970, expuso en Santa Fe junto a Juan Grela, cuando daba sus primeros pasos. Su dominio del dibujo, el diálogo con los maestros de la pintura y una trayectoria internacional son los rasgos sobresalientes de su obra. Falleció en 2002 y un museo de Esperanza lleva su nombre.

La propuesta es un viaje en el tiempo. El punto de destino es Santa Fe, a finales del mes de julio de 1970. En la galería de arte El Puente, ubicada en 25 de Mayo 1884 acaban de inaugurarse muestras individuales de dos artistas.
El primero de ellos es Juan Grela, ex discípulo de Antonio Berni, José Planas Casas y Gustavo Cochet. Un estudioso de las técnicas y las formas en las artes visuales, de cuya obra ya nos ocupamos en esta sección.
El otro era un treintañero oriundo de Esperanza, llamado Héctor Borla. Becado por el Fondo Nacional de las Artes, estaba al arrancar los 70 radicado en Buenos Aires, donde trabajaba en el taller de Antonio Seguí.
Hábil creador, "navegante" en técnicas diversas (desde la pintura y el dibujo hasta el grabado), había expuesto en el país y en España, Italia, Alemania, Estados Unidos. Un año antes de la muestra en El Puente, becado por el gobierno de Santa Fe, estuvo en Estados Unidos y México.
Doce trabajos integraron la muestra del esperancino en El Puente, divididas en dos partes.
En la primera aparecían grandes sobres, con estampillas, matasellos y guardas de correo aéreo, dentro o fuera de los cuales Borla hacía convivir escenas y personajes de Botticelli, Van Eyck, Ingres, Rafael, Georges de La Tour y Jean-Marc Nattier.
La segunda parte estaba integrada por témperas, en un "juego lineal y geométrico de mariposas, de insectos sutiles, de círculos concéntricos, de dameros que se pierden en el infinito", según explicó El Litoral al aludir a la muestra.
El 6 de agosto, El Litoral publicó una reseña dedicada a Borla, a cargo de Jorge Taverna Irigoyen.
"La ironía es una de las vertientes del humor que, en ciertos casos, es una especialísima fuente de sugestiones. Así ocurre en gran parte de la obra de Borla, quien desarrolla un refinado tono ironizante, con enigmáticos gestos de mago", afirmó.
"En su caso, el pensamiento humano, las pasiones, los mundos psicológicos y sus deformaciones, constituyen un caudal inefable para su búsqueda plástica. A partir de esas diversas reacciones, profundizadas a veces cruelmente, pero siempre dentro de una gran brillantez de valores, Borla estructura sus planos con cuidado diseño", agregó.
"A sus indiscutibles condiciones de 'gráfico', a su admirable dominio técnico, aúna entonces el vuelo de su imaginación. Y de tal suma (ejercida siempre dentro de una extraña expresividad muy personal), ubica a su obra en un 'vitalismo de contenido' ciertamente destacado dentro de la plástica nacional", afirmó después.
"La obra de Borla no es sólo el producto de un exquisito, de un hábil ejercitador de técnicas. Muy por encima de esos imponderables, este joven artista sabe definirse y ubica a sus trabajos dentro de una realidad esencial, un tanto conflictuada, pero estéticamente profunda y sustancial", cerró.
Antes se dijo que la crítica de Taverna tiene algo de profética. Basta revisar la trayectoria de Borla, nacido en Esperanza el 6 de mayo de 1937 y formado inicialmente en el Liceo Municipal de Bellas Artes de esa ciudad.
Luego de la muestra junto a Grela, su itinerario continuó con estadías en Londres durante 1971 y en París al año siguiente, para luego establecerse otra vez en Buenos Aires.
A lo largo de su carrera presentó exposiciones individuales en el Museo Sor Josefa Díaz y Clucellas, la galería Rubbers, The Americas Collection de Miami y la galería Czechowska de Santiago de Chile, además de participar en muestras colectivas en Argentina, Chile, Estados Unidos y España.
Cuando comenzó la década de 1980, ya era uno de los artistas argentinos de mayor reconocimiento. Tras su fallecimiento, ocurrido en Buenos Aires el 11 de enero de 2002, la crítica Alicia Arteaga recordó en La Nación el lugar que había alcanzado dentro del panorama artístico nacional.
"Fue un artista de éxito que logró un reconocimiento inusual, de crítica y de mercado, a comienzos de los 80, cuando sus retratos de impecable realización se convirtieron en una marca inconfundible por el tratamiento de las texturas y la pincelada precisa", escribió.
Pero para Arteaga, "Borla era, sobre todo, un dibujante de quilates, en el sentido casi obsesivo que le atribuía a la línea el francés Ingres".
Esa admiración por el francés quedó reflejada en una de sus series: las diecisiete variaciones sobre "La Grande Baigneuse", donde dialogó con uno de los clásicos de la historia del arte desde una mirada contemporánea.
Para mensurar su contribución al arte, cabe apuntar que en Esperanza, su ciudad natal, el Museo de Artes Visuales lleva su nombre.
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