Pasaron casi 70 años de su muerte, pero Diego Rivera sigue siendo una figura imposible de clausurar. Monumental en sus formas y radical en sus posicionamientos, el muralista mexicano ocupa un lugar incómodo en la historia de su país.
Una nota del 25 de enero de ese año habla de una retrospectiva monumental. Pero también de una dura ofensiva del Partido Comunista que reabrió tensiones en torno al artista más incómodo del muralismo latinoamericano.

Pasaron casi 70 años de su muerte, pero Diego Rivera sigue siendo una figura imposible de clausurar. Monumental en sus formas y radical en sus posicionamientos, el muralista mexicano ocupa un lugar incómodo en la historia de su país.
"Su obra, de enorme eclecticismo, chupó de todo el arte occidental y también del precolombino (el gusto por la pintura mural, sin ir más lejos). Destaca por su monumentalidad, para poder comunicarse mejor con las masas populares", escribió el especialista Miguel Calvo Santos.
Esa ambición tuvo, desde temprano, una proyección internacional inusual para un artista latinoamericano de comienzos del siglo XX. "Fue una celebridad artística internacional", indicó Jodi Roberts.
Para J. M. Sadurní, esa síntesis entre modernidad y tradición explica su peso simbólico. "Ha sido considerado el artista portavoz de los oprimidos, de los indígenas y también el gran ilustrador de la historia de México, convirtiendo sus obras en el símbolo de una nación".
No es casual, entonces, que el Estado mexicano haya declarado sus obras como monumentos históricos, reconociendo en ellas un capital identitario.
El mercado del arte terminó por confirmar esa centralidad. En 2018, batió el récord del precio más alto alcanzado en subasta por una obra de un latinoamericano. "Los Rivales" (1931), se vendió por màs de 9 millones de dólares.
Rivera murió el 24 de noviembre de 1957, en su casa del sur de Ciudad de México, tras no poder superar una insuficiencia cardíaca. Pero su muerte no cerró los conflictos que había generado. Apenas lo movió en el tiempo.
"Veinte años después de su muerte, Diego Rivera sigue desencadenando pasiones en su país". Con esa frase, Beatriz Denos abría su crónica desde México publicada en El Litoral el miércoles 25 de enero de 1978.
El texto, hoy recuperado del archivo del diario, documenta un acontecimiento artístico de magnitud y la manera en que Rivera seguía siendo una figura políticamente compleja.
Con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento, el gobierno mexicano había organizado una retrospectiva en el Instituto de Bellas Artes (la Ópera de México), que ocupó cinco salas completas.
Más de novecientas piezas, entre lienzos, frescos, bocetos y retratos, componían una muestra que se perfilaba como una de las más importantes dentro de la temporada cultural de la capital azteca.
El recorrido proponía seguir "las líneas esenciales de la carrera de un genio tan multiforme como la mayoría de los grandes maestros contemporáneos". La iniciativa fue celebrada casi de manera unánime. Sin embargo, en ese clima de elogios apareció una disonancia que reavivó viejas heridas dejadas en vida por Rivera.
Durante una reunión del Partido Comunista Mexicano, su secretario general Valentín Campa, lanzó una serie de duras acusaciones contra Rivera, quien había sido en su momento una figura central del movimiento comunista en México.
Campa solicitó la exclusión post mortem del artista, al que calificó de "traidor", "fascista" y "delator". Según Campa, Rivera habría halagado deliberadamente, durante los años 30, al gobierno de Emilio Portes Gil para obtener contratos para sus murales, hoy visibles en diversos ministerios y en la Universidad Autónoma de México.
Más tarde, según la acusación, habría negociado directamente con el presidente Plutarco Elías Calles para obtener el permiso para pintar los frescos del Palacio Nacional, que le habría reportado 150.000 pesos de oro. Para el dirigente, estos hechos eran una claudicación ideológica inadmisible.
Pero lo que Campa consideraba más grave era la presunta implicación de Rivera en el asalto a la imprenta del partido, donde se editaba la revista Machete.
Allí, según el dirigente, Rivera habría estado acompañado por David Alfaro Siqueiros, otro de los grandes nombres del muralismo mexicano. Además, insinuó que el pintor podría haber denunciado a varios camaradas durante los años 20.
A estas acusaciones se sumaba una frase del artista, pronunciada en 1929, durante el proceso que culminó con su expulsión del Partido Comunista. "Si he traicionado no ha sido al Partido Comunista, sino a mi propia clase, ya que soy un burgués". Para Campa, esa declaración era la prueba definitiva de su "cinismo".
La virulencia del ataque podría parecer excesiva. Sin embargo, como advertía Denos, era la confirmación de que Rivera seguía dominando el panorama cultural y político mexicano. Una personalidad tan desbordante que llegó a afirmar, sin ironía, que él "había retrasado la Segunda Guerra Mundial".
Como tantos artistas de su generación, Rivera se formó en Europa y absorbió la influencia de los cubistas (Picasso, Braque, Klee). Pero lo revolucionario fue su regreso. En una época en la que Europa dictaba las reglas del arte, Rivera optó por mirar hacia el pasado indígena y el folklore mexicano.
Junto a José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, dio forma a la llamada Escuela mexicana de pintura, un movimiento que integró tradición cultural y conflicto social. Por primera vez en el continente americano, el obrero, el campesino y el hombre común eran protagonistas del relato visual, desplazando a las élites y al canon europeo.
Generoso, exuberante y megalómano, Rivera vivió con la misma intensidad con la que pintó. Se casó cuatro veces, adoró a las mujeres y construyó una leyenda personal que alimentó admiración y rechazo. Sin embargo, como escribió su hermana en una biografía, detrás de todas esas pasiones había una sola verdadera: la pintura.




