El 14 de enero de 1974, en las páginas culturales de El Litoral, Jorge Taverna Irigoyen escribió un artículo que visto en perspectiva, sirve más que una nota periodística más del archivo, como un ejercicio de memoria.
Un artículo publicado en 1974 en El Litoral muestra cómo Jorge Taverna Irigoyen definió al pintor como "el Gauguin santafesino" y explicó el sentido humanista de su pintura.

El 14 de enero de 1974, en las páginas culturales de El Litoral, Jorge Taverna Irigoyen escribió un artículo que visto en perspectiva, sirve más que una nota periodística más del archivo, como un ejercicio de memoria.
Allí, al evocar la figura de Enrique Estrada Bello, el crítico formula una mirada sensible y certera sobre el vínculo entre creación, territorio y humanidad en el arte litoraleño. Algo sobre lo cual se reflexionó varias veces en esta sección.
Leer hoy ese texto es, casi, como sentarse bajo el sauce del jardín de la calle Ituzaingó, en esa tarde de diciembre (intuimos, calurosa) en la que los amigos llegaron por última vez a despedirlo, sin solemnidades, casi con una sonrisa.
Es, también, repensar qué lugar ocupa Estrada en la historia de Santa Fe y por qué su obra sigue interpelando al presente. Algo que también se tocó en este espacio durante una entrevista con Nidia Maidana, realizada en 2025.
Estrada Bello nació en Santa Fe y murió en la misma ciudad en diciembre de 1964. Se formó en la recordada Academia Reinares y desde temprano combinó su vocación con el dibujo periodístico y la docencia.
Fue socio fundador y primer presidente de Artistas Plásticos Santafesinos, participó desde 1938 en el Salón Nacional y expuso en los principales salones oficiales del país. En 1963 asumió como director del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo, cargo que ejerció hasta su muerte.
Más allá del frío registro biográfico, necesario para ubicarlo, Estrada Bello fue, como señaló Isaac Aizenberg, un artista que marcó "una singular etapa de la pintura santafesina". Sus cuadros están anclados a la tierra y a los rostros del litoral.
"Fue una despedida sin pesados lutos", escribe Jorge Taverna Irigoyen en aquel texto de 1974. Y esa frase sintetiza el tono del artículo. Más que una elegía, es un recuerdo vital atravesado por la amistad y la admiración.
Taverna evoca al Estrada Bello íntimo: el hombre de la casa de Ituzaingó, el del rancho-estudio rodeado de cuadros, el del "manso mirar la vida" y la “luminosa capacidad creadora” sostenida durante 50 años.
Se lo llamó "el Gauguin santafesino". Taverna considera acertada esta comparación. En la pintura de Estrada Bello, dice, hay nexos que parten de la tradición simbólica para conducir al hombre a un plano alegórico, donde cada elemento se convierte en mensaje de hondas resonancias humanísticas.
Estrada Bello buscaba en la pintura un valor testimonial, una manera de reconocerse en sus luchas existenciales. La "cocina" del oficio, que dominaba con solvencia, quedaba subordinada a ese contenido vivencial la verdad de la obra.
El texto de Taverna recupera también al Estrada Bello docente. Recuerda las clases en el Colegio Nacional, cuando hacía pasar a los alumnos al pizarrón para garabatear manchas desordenadas y luego "ver" en ellas ciudades mitológicas, pájaros gigantes o mapas imaginarios.
Sin saberlo, marca el crítico, los alumnos se iniciaban en aquella máxima de Cézanne: "ver es concebir y concebir es componer". Esa pedagogía de la mirada, paciente y exigente, revela a un artista consciente de su oficio y de su rol.
Taverna dice, textualmente, que "sabía pararse en el lugar justo para mirar, para opinar, y siempre dentro de un chispazo alegre y sabroso de palabras y de gestos, que lo hacían incomparable en toda tertulia".
Las obras de Estrada Bello conservan una vibración interior. Sus cabezas de criollos de piel curtida por el sol, las manos quietas sobre un azadón o una cometa, las muchachas de trenzas y mansedumbre, las mujeres-símbolos construyen una representación honda del hombre y la mujer del litoral.
Difícil, señala Taverna, encontrar otro artista que haya penetrado con tal sensibilidad en la psicología del santafesino: en su andar demorado, su prestancia silenciosa, ese mirar lejano que siempre parece estar "decorando horizontes".
"Estrada Bello bebió permanentemente el sortilegio de nuestro hombre orillero; lo conoció primero, lo compartió después. Y siempre lo turo en su pincel: como un testimonio vivo de su sentir, como un permanente anhelo caracterizador de su hacer creador", explicita Taverna.
Estrada Bello fue director del Museo Rosa Galisteo, pintó un retrato monumental de Estanislao López con el Cabildo santafesino como fondo y dejó su nombre en el Museo de Artes y Artesanías de Santo Tomé y en una plaza de la ciudad de Santa Fe. Pero su herencia supera lo institucional.
Como escribe Jorge, fue "un santafesino de ley, continúa siendo un artista de valiosas ascendencias en el contemplador. Querido, recordado amigo Enrique".




