"Cuando salgo al interior, todo lo que veo es de una grandeza ilimitada, por eso mis vistas son siempre panorámicas y no podrían ser de otro modo, quiero que cada uno de mis cuadros sea una ventana abierta sobre la inmensidad".
Formado en Italia, Carnacini desarrolló una obra de relevancia para el arte nacional. Sus paisajes y escenas históricas reflejan la búsqueda de una identidad propia en un período de fuerte influencia europea.

"Cuando salgo al interior, todo lo que veo es de una grandeza ilimitada, por eso mis vistas son siempre panorámicas y no podrían ser de otro modo, quiero que cada uno de mis cuadros sea una ventana abierta sobre la inmensidad".
Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Ceferino Carnacini, quien figura entre los artistas argentinos que hicieron del arte una búsqueda de identidad.
Nacido en La Boca en 1888 (apenas un par de años antes que su habitante más ilustre, Benito Quinquela Martín) y fallecido el 18 de marzo de 1964 en Villa Ballester, su obra se podría resumir como una búsqueda persistente de "lo argentino".
Tarea desarrollada, hay que subrayarlo, en una época en la cual la cultura nacional se debatía entre la influencia europea y la construcción de una voz propia. Sin ir a ningún extremo, Carnacini eligió mirar hacia afuera para entender mejor lo que había puertas adentro.
Hijo de inmigrantes, viajó a Italia a los 13 años. Allí, en la Escuela de Artes Aplicadas de Verona, se formó en la tradición clásica y el estudio del Renacimiento. Esa educación sería una constante en su obra, ostensible en una técnica sólida al servicio de una sensibilidad en construcción.
Tras su regreso a Buenos Aires, todavía muy joven, ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes, donde tuvo como maestros a Carlos Ripamonte y Ernesto de la Cárcova, a quien nos referimos recientemente en esta sección, a su obra desarrollada entre el gobierno de Mitre y el Centenario
Con Ripamonte, integró el Grupo Nexus en 1907, junto a figuras como Fernando Fader y Cesáreo Bernaldo de Quirós, en una etapa donde el arte comenzaba a pensarse ya como expresión nacional. Al respecto, basta pensar en la serie los Gauchos, de Quirós, que en 1945 se expuso en Santa Fe.
En 1910, en el marco de la Exposición Internacional del Centenario, obtuvo una medalla de oro, reconocimiento que le dio un lugar en una escena artística que buscaba definirse.
Entre 1911 y 1914, una beca del gobierno nacional lo llevó nuevamente a Italia, donde estudió con Giulio Aristide Sartorio. Europa seguía siendo, para entonces, el faro formativo. Y aspiracional: todavía eran tiempos de "manteca al techo" gracias a la cría de vacunos y la cosecha de granos.
Pero el regreso a la Argentina sería vital para Carnacini. En efecto, expuso en la Galería Witcomb y varias de sus obras pasaron al Museo Nacional de Bellas Artes. En 1915 fue a la Exposición Universal de San Francisco y ganó medallas.
Sin embargo, fue un paso más allá. Como señaló el crítico José León Pagano, "pocos artistas pusieron mayor empeño en la consecución de un arte propio, nacional, inconfundiblemente argentino".
Radicado en Villa Ballester, cuando la zona aún tenía características rurales, Carnacini encontró su "territorio". Desde allí, recorrió el país en busca de motivos: Buenos Aires, San Juan, Córdoba, Río Negro, el Litoral, la Patagonia.
Sus paisajes, en general, son registros precisos pero nutridos por sus interpretaciones personales, guiadas por un particular sensibilidad. Llanuras, ríos, montañas y ombúes son, así, signos de una identidad en proceso de construcción.
Rafael Squirru lo definió bien al plantear que "toda la obra de Carnacini está signada por una gran seriedad. Partiendo de su formación europea, enfrenta con ojos sinceros una realidad americana cuya grandeza en ningún momento se le escapa".
Fue un artista integral, en todo el sentido del término. Dominó el óleo y la témpera, desarrolló el grabado y abordó el dibujo con notable precisión. También incursionó en el retrato, el bodegón y la pintura de flores, en la cual sobresalió.
Su dominio técnico le permitió libertad expresiva. Fue, además, docente en instituciones como la Academia Nacional de Bellas Artes, las escuelas Prilidiano Pueyrredón y Manuel Belgrano, y la Facultad de Arquitectura de la UBA.
Entre sus obras emblemáticas figura "El pueblo quiere saber de qué se trata", una pintura histórica que se instaló en la memoria colectiva. Reproducida en el billete de cinco pesos a partir de 1950 por el Banco Central, y luego en emisiones posteriores, su imagen circuló durante décadas por todo el país.
Como señaló Ignacio Gutiérrez Zaldívar, "todos los que hemos nacido en la década del ‘50, o antes, hemos tenido en nuestras manos la imagen de una obra de Carnacini". Ese cruce entre arte e historia popular es uno de los logros del pintor boquense: haber construido imágenes que forman parte del imaginario argentino.
Ceferino Carnacini murió el 18 de marzo de 1964, en Villa Ballester, el lugar que eligió como hogar y taller. Allí retrató, en sus últimos años, a sus vecinos y trabajó sobre escenas cotidianas.
Hay que reconocer que, a diferencia de otros creadores de su misma generación, su obra de carácter postimpresionista evitó las rupturas radicales. Prefirió, en cambio, un crecimiento silencioso, sostenido en el oficio y la observación.




