Estados Unidos no es un país al que el fútbol le produzca tanto desborde pasional como pasa en Argentina o en tantos otros países que tienen, al fútbol, como un movilizador de emociones muy especial. Ellos disfrutan de otros deportes. Y los disfrutan a su manera, viéndolos y sintiéndolos como un espectáculo al que acuden, se sientan, comen, gritan un poco, se divierten y se van a su casa. Son formas de vida. En Argentina, estas maneras no existen. Por eso, cada vez que los argentinos se congregaron en algún lugar para efectuar el tradicional “banderazo”, los “gringos” se preguntaron por qué hacen esto, qué es lo que tanto los moviliza, por qué semejante desborde por un deporte. Ellos tienen un alto sentido nacionalista. Basta con ver la bandera de Estados Unidos colgada en las casas. Siempre hay una bandera ante cualquier golpe de vista que uno haga. Pero ese desborde producido por el fútbol, que nos hace –vaya a saber uno por qué- argentinos hasta las vísceras más profundas, sorprende a todos. Y es lo que ha sucedido en cada víspera de los partidos de los campeones del mundo.


































