A la fiesta la terminaron armando no sólo la gente sino también los jugadores. Ya desde el mediodía, cuando los jugadores salieron de Ezeiza hasta más allá de las 12 de la noche, cuando los micros que trajeron a los jugadores partieron de regreso (algunos lo hicieron de manera particular) hacia el predio de la Afa, fue todo mágico. Ya el hecho de ver cómo las lágrimas del Dibu Martínez le impedían cantar el himno y ese gesto cargado de emoción de Messi, coronado con aplausos hacia los cuatro costados desde los que fluían gritos y llantos por doquier.


































