Cuando las fuerzas de la naturaleza convergen, la mirada encuentra a su paso una flor. Esta mágica situación se repite alrededor de todo el planeta Tierra, aunque con cambios en el paisaje, que está conformado por plantas y animales característicos de cada lugar. Al contrario sucede con los insectos, donde su apreciación de los entornos se ve condicionada por otras estéticas, que agregan a lo bello, lo útil y necesario. Así lo entendió Charles Darwin, que en sus viajes por el mundo se dedicó a investigar cómo la información genética se acondiciona para que la especie tenga más posibilidades de sobrevivir ante escenarios riesgosos y difíciles. Con el principio de “selección natural”, el reconocido naturalista inglés explicó, en su teoría sobre la perpetuación de la especie, que “las variaciones pequeñas y sucesivas” intervienen en la evolución en los animales. En la segunda mitad de su vida, focalizó sus estudios en la biología de las plantas, al punto de ser su fascinación y la de su hijo Francis, que se convirtió en un respetado fisiólogo vegetal. De hecho, sus publicaciones llegaron a proponer similitudes entre las raíces y el cerebro de los animales, y advirtieron que no era necesario pensar que las flores habían sido “hechas” solo para el ojo humano. A 151 años del “El Origen de las Especies”, en laboratorios santafesinos, han logrado identificar un mecanismo desconocido hasta el momento: el papel clave que “la materia oscura” de una molécula desempeña en el crecimiento de las raíces. El equipo de científicos liderado por Federico Ariel estudia cómo una planta reacciona ante los cambios del ambiente.

































