La muerte de Adolfo Aristarain es el cierre de una mirada que resistió modas y concesiones. A los 82 años, deja una filmografía que tiene mucho que ver con la historia reciente del país, pero también con una tradición cinéfila arraigada en el clasicismo. Su obra, lúcida, siempre eligió un lugar incómodo: el de los que pierden.


































