“Y el poema ‘Carta, (4 de enero de 1997)’, inaugura esta sección que tiene que ver con el pasado y empieza con esta fecha. Y entonces acá empieza a aparecer como este otro espacio: ‘porque aquí / desde donde te escribo / el tiempo es espacial / y el espacio pasó’. ‘Vigilia’, es un poema del que yo tengo el recuerdo de la experiencia de haberlo escrito en la pensión, sola, y con el ritmo de la máquina de escribir como un staccato: ‘Hasta cuándo / la conciencia / teniendo / el mundo / que no se me desarme / lo que existo / se me cansa / el yo / de tener agarrado / …y no puedo soltarlo / que se me viene encima / se aflojó / la presión / de mi pensar / antes era distinto / se podía nadar / sin pensamientos / sin forma / descansar / irresponsable / y la tribu cuidaba / el sentido. / Ahora / me parece que el mundo / no va a seguir ahí / si yo cierro los ojos’. Después viene ‘La nada sin ojos’, un texto en prosa poética. Dialoga con una lectura que estaba muy de moda a fines de los 90, un verso de Cesare Pavese que todos repetían: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Yo hacía mucho de estas cosas, pongo un guiño a Osvaldo Lamborghini que también estaba de moda. Es una especie de pelea con las lecturas de esa época: no, ‘vendrá la muerte y no tendrá los ojos de nadie, vendrá la nada sin ojos’. Después hay un texto que dialoga con el poema sobre Stalker, es ‘Fragmento de prosa en verso hallado en Vítebsk, Siberia’. En ese momento estaba leyendo a Mijaíl Bajtín, un ensayo que cito al comienzo de mi novela Molinari baila (El Ombú bonsai, 2011) y que escribió en Siberia, en Vítebsk. Porque me gusta leer la teoría literaria a contrapelo de la lectura hegemónica. O sea, el Bajtín que se da en las escuelas de periodismo, en las escuelas de letras, es el que trabaja la cuestión de los géneros literarios. Es el Bajtín patovica, el que hace una división muy rígida y precisa de qué es literatura y qué no lo es. En cambio, el que yo leo es el preso político, el que estaba solo en un gulag y decía: ‘tan solo al otro se puede abrazar, abarcar por todos lados, palpar amorosamente todos sus límites. […] Yo mismo no puedo ser sujeto de mi propia valoración, así como no puedo levantarme a mí mismo al asirme por mi propia cabellera’. Esto dicho hoy, post pandemia, es la reivindicación del abrazo. En el poema ‘Afterthoughts on a manifesto’, escrito hace 20 años, hago una parodia de los manifiestos, los textos que producían y publicaban los grupos artísticos de vanguardia. Es involuntariamente premonitorio de cierto discurso electoral actual al decir: ‘¡Basta de libros! ¡Basta de enciclopedias! / (¿Significa eso que ya no queda nadie?) / ¡Quién necesita cuadros! ¡Quemen ven esas novelas! / (¿Significa eso que ya no queda nadie?)’”.