26 de enero de 1976. Apenas habían pasado dos meses de la muerte de Francisco Franco, ocurrida el 20 de noviembre del año anterior. En ese contexto de trauma colectivo, "Cría cuervos" llegó a los cines de Madrid como una película silenciosa y perturbadora, sin respuestas simples.
Medio siglo después, el film de Carlos Saura permanece como una de las obras más complejas del cine español de la segunda mitad del siglo XX. Logró algo difícil: mostrar, en la mirada de una niña, el derrumbe de un sistema autoritario y el desconcierto de un país.
Entre la muerte de Franco y la transición
Rodada durante los últimos meses del franquismo y estrenada cuando la dictadura ya había, formalmente, finalizado, "Cría cuervos" se ubica en un momento bisagra de la historia española.
Elías Querejeta P.C.No podría definirse como cine de denuncia, tampoco es una celebración democrática. Le queda mejor el término "cine de duelo". Es que España no sabía bien cómo narrarse a sí misma en ese momento tan caótico y el cine encontró en la alegoría, la memoria y la infancia un lenguaje posible.
"Cría cuervos" dialoga de manera directa con una serie de obras del período: "El espíritu de la colmena" (Víctor Erice, 1973), "Furtivos" (José Luis Borau, 1975) y, más tarde, "Pascual Duarte" (Ricardo Franco, 1976).
Todas ellas analizan las huellas del franquismo, más que desde el discurso político explícito, desde el trauma, el silencio y la violencia enquistada en la vida cotidiana.
"Cría cuervos" en la obra de Saura
En la filmografía de Saura, "Cría cuervos” marca un punto de madurez. Viene a cerrar una trilogía junto a "El jardín de las delicias" (1970) y "La prima Angélica", donde el director había comenzado a usar la memoria como estructura dramática.
En "Cría cuervos", Saura radicaliza esa apuesta, en tanto no hay una reconstrucción racional del pasado, sino una superposición de tiempos, voces y presencias.
El crítico Miguel Ángel Palomo lo subraya. "Saura, quien firmaba por primera vez un guión en solitario, entremezcla pasado y presente, sueño y realidad, en una película imprescindible".
Elías Querejeta P.C.Torrent y Chaplin
El "corazón" de “Cría cuervos” está en sus interpretaciones. Ana Torrent, en un trabajo que resulta imposible de separar de la historia del cine español, compone una infancia atravesada por el duelo y la culpa. Su rostro refleja el malestar de toda una época.
Geraldine Chaplin, por su parte, encarna dos personajes: es la madre muerta (un recuerdo, un fantasma) y, al mismo tiempo, la Ana adulta que narra. Esa duplicidad refuerza la idea central de la película: el pasado no se va nunca del todo.
Infancia y autoritarismo
La lectura política de "Cría cuervos" se impuso con el tiempo. La casa familiar, regida por el padre militar, autoritario incluso después de muerto, funciona igual que el Estado franquista. Las niñas crecen bajo normas severas, castigos y silencios que pesan más que las palabras.
Elías Querejeta P.C.Richard Peña lo sintetiza en "1001 películas que hay que ver antes de morir". "Rodada mientras Franco estaba muriendo, la película sigue la metáfora de la vida bajo el fascismo como una especie de infancia atrofiada que ya se ha visto en otras películas españolas del mismo período, pero tratando el tema con una sensibilidad y una elegancia alentadoras".
Familia, pérdida y duelo
Más allá de su dimensión política, "Cría cuervos" es una película sobre la pérdida. Tras la muerte de la madre, nadie sabe cómo hablar de ella o cómo seguir. La familia aparece como un espacio donde el amor convive con la violencia, y donde el afecto está siempre contaminado por el miedo.
Saura entiende que la infancia no es un paraíso perdido, sino un lugar donde se inscriben las primeras heridas. Por eso la película no brinda consuelo, sino que apela a la memoria.
Elías Querejeta P.C.Cannes y la consagración
La repercusión a nivel internacional fue inmediata. En el Festival de Cannes de 1976, "Cría cuervos" obtuvo el Gran Premio del Jurado, ubicando a Carlos Saura como una figura central del cine europeo.
Ese reconocimiento validó sus búsquedas estéticas y confirmó que el cine español estaba listo para dialogar con el mundo desde una voz propia, después de décadas de censura y repliegue.