Luego es el momento de las relecturas. Esos son los meses de conocer personalmente a los personajes. “Sé lo que les pasa, sé cómo viven, cómo sufren, cómo aman. Perfilo su forma de hablar y de actuar, su psicología. Cuando considero que está presentable la novela, se la paso a mi editora. Ella me conoce muy bien, sabe hasta dónde exprimirme sin aceptar mi vanidad. Durante varios meses estamos planteando sugerencias de ella, yo las adapto, pienso, releo, hasta que llega un momento en el que ella me dice: ‘Paloma, ya no puedes cambiar nada’ y, entonces, los personajes se silencian y ya nunca puedo hablar con ellos (sí de ellos). No releería una novela mía en libro, jamás. Creo en su silencio. Los personajes se callan, abandonan mi vida, abandonan mi mente, incluso llego a olvidar sus nombres y entran otros. Y empieza otra vez el proceso de cero: con una pregunta, con una curiosidad, con una sensación de querer saber... y lectura, lectura, lectura. Ahora estoy con la décima, antes de llegar a Latinoamérica pasé la barrera de la página 100”.